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Fosca

De Turismo Rural con Fosca Bellpuig

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por - 28/05/2014 a las 21:03 (769 Visitas)
Cita Iniciado por guirinald Ver mensaje
Volviendo a las andanzas tras nuestra aventura por tierras madrileñas y nuestra fantasía consumida en el AVE, quise luego quedar otra vez con Fosca. Pero las oportunidades tardaban en hacerse realidad, y se me ocurrió proponerle una cita algo exótica. Yo quería salir un sábado por la mañana en bicicleta de montaña por algún paraje de la Catalunya interior, ¿porque no se reunía conmigo y pasábamos unas horas en una habitación de un hotel rural?

Fosca es una mujer todoterreno y no dudó en aceptar mi propuesta. Nos pusimos de acuerdo sobre los detalles, esencialmente sobre la vestimenta y el tipo de longaniza que nos llevaríamos en las mochilas para un corto paseo con picnic, antes de ocupar nuestros rústicos aposentos y entregarnos a nuestros sentidos, todos ellos.

Ella sugirió un pueblo de destino, práctico al estar dotado de una estación de tren, y yo hice la reserva en un hotel a las afueras del pueblo. Reservé por toda una noche, a pesar de tener claro que sólo íbamos a pasar unas horas ahí, pero no me parecía que la red de byhours.com hubiese llegado ya a los establecimientos de aquella localidad.

Llegado el día en cuestión, me vestí como para cualquier excursión normal de fin de semana, pantalón corto de licra marcando formas, camiseta de licra algo ancha para dejar respirar las redondeces abdominales michelinescas, y casco de rigor. Cogí el tren de Rodalies temprano en la mañana, y en menos de una hora llegaba al punto de encuentro acordado.

En el tren tuve tiempo de reflexionar sobre lo especiales que eran mis encuentros con Fosca, ya desde un principio habíamos tenido un entendimiento fuera de lo común. Y esto se reflejaba en nuestros encuentros, siempre llenos de situaciones inesperadas, productos de improvisaciones varias. También era cierto que el hecho de quedar por citas largas permitía intimar más profundamente que sólo polvos puntuales.

Fosca me esperaba en la estación, su suntuosa melena recogida en una cola de caballo, y vestida para ejercicio. Venía cabalgando una bicicleta con unos cuantos kilómetros a sus espaldas, testigo tierno de las andadas de su propietaria. Fosca estaba radiante como siempre, parecía feliz de verme. El conjunto de training le amoldaba el cuerpo a la perfección. Que pedazo de mujer, pensé, y que excepcional verle en estas circunstancias.

Recordé que a menudo, al quedar con una escort nueva, le hacía yo una petición especial: “¿Te será posible venir a mi como irías a tomar un café con un amigo? Sin parafernalia de escort, sin tacones, vestidos ajustados, escotes abismales, sin maquillaje?” Más de una vez, la geisha me había contestado que no aceptaba estas condiciones, una incluso me me había confesado que sin todo el atuendo, todo el attrezzo, se sentiría realmente desnuda, demasiado desnuda.

Aquel sábado por la mañana, Fosca venia a mi totalmente natural, sin artificios. Tenía las ruedas de la bici completamente deshinchadas, y sin perder un ápice de su feminidad, cogió la bicicleta por el cuadro y le dio la vuelta para que reposara con el manillar y el sillín en el suelo, patas arriba. Lo hizo sin esfuerzo aparente, es una mujer atlética y fibrosa.

Y mientras me arrodillaba en el suelo delante de la estación de cercanías para hincharle los neumáticos, me di cuenta de que realmente era un privilegio vivir esta situación. En plena luz de día, y sudando las cuestas en bici, tanto ella como yo íbamos a ser nosotros mismos, irremediablemente.

Inspirado por mi posición, rodilla al suelo frente a Fosca y su bicicleta, soñé con tener entre manos una rosa, habríamos podido rodar un comercial retro de Decathlon para la Sant Jordi. Yo, el Caballero vestido de corto, la bici patas arriba sería el Dragón vencido, y Fosca, la bella Princesa con un aire algo pícaro.

Fosca conocía la zona así que le dije que me entregaría totalmente a su criterio, y que le seguiría por aquellos caminos que ella eligiera. Fue así que bajo un cielo gris y con un tiempo fresco arrancamos a pedalear con un destino incierto.

La ruta discurría por carriles perfectamente señalizados para las bicicletas, al borde de carreteras, uniendo pueblos. Entre los pueblos, campos de trigo y otros cereales salpicados de amapolas rojas iban desfilando por ambos lados. En algún momento el tapiz de amapolas se hizo tan intenso que me recordó la foto grabada en mi mente aquel día del viaje de AVE, Fosca vestida de rojo y comiendo una manzana roja sobre el fondo rojo del cielo del atardecer.

Habremos pedaleado algo más de media hora? No lo sé, yo no estaba pendiente del reloj, tan grande era el placer de disfrutar de semejante paseo en compañía de semejante mujer. Mientras charlábamos y pedaleábamos el camino, clemente en desniveles, pensé que nunca era demasiado tarde para realizar sueños de juventud: De chaval siempre había querido una novieta que le gustase perderse por el monte en bicicleta, y hete aquí que a los cuarenta largos se me realizaba esta fantasía. Y que pedazo de novieta!

Tras darle la vuelta a una curiosa pequeña capilla al borde de la carretera, dejamos el asfalto para adentrarnos en un bosque por una pista de tierra. El bosque era típico de aquella región, de pinos y encinas principalmente, bastante seco. Pero había llovido algo la noche anterior, con lo que la pista no levantaba polvo, y el ambiente era fresco.

Entre risas seguimos aquella pista que tras tres o cuatro curvas empezó a ascender una pendiente relativamente suave. Al final de la cuesta me encontré con un bonito paisaje, me encontraba en la orilla de un pantano de tamaño mediano, de estos que sirven para guardar aguas para regar los cultivos.

Al haber poquísimo viento la superficie del agua era como un espejo de color esmeralda en el que se reflejaba a la perfección la montaña que teníamos cerca. Que bello paisaje, era bastante salvaje y solitario, sólo se veían a lo lejos unas masias colgadas del flanco de la montaña. Tampoco se veía a nadie más que nosotros en la orilla o en los alrededores del pantano. El cielo se acababa de despejar, y un rayo de sol iluminaba una pequeña playa delante nuestro.

Felicité a Fosca por la perfecta organización de la excursión. Hasta el rayo de sol había sido programado con una precisión admirable!

Como única respuesta obtuve de Fosca una sonrisa (otro rayo de sol), ella se acercó a la orilla y empezó a jugar a arrugar el espejo de agua tirando piedras con la técnica del rebote. Vi inmediatamente que tenía bastante practica, nunca consiguiendo menos de cinco o seis rebotes por lanzamiento. Confieso que intenté igualarle pero que desistí al tercer lanzamiento, sólo consiguiendo asustar a los peces y renacuajos del estanco con groseros estallidos dentro del agua.

Seguimos jugando y riéndonos hasta que nos sentamos lado a lado a cerca de la orilla, a contemplar aquello en silencio. Y fue en este momento que, un poco como en las películas de amores adolescentes, nos empezamos a besar. No fue como si nos besáramos por primera vez, no fue un beso robado como en aquellas películas, pero supo a primera vez.

Me encanta besar a Fosca. Tiene que ver con las sensaciones que me produce besar a una mujer muy atractiva, pero también tiene mucho que ver con lo que siento que producen en ella mis besos. Ya me ha dicho que le encantan, y sólo tengo que fiarme de como cambia el ritmo de su respiración al besarle para creerle. Me encanta besar a esta mujer.

Nuestros pulsos se fueron acelerando al unísono, al tiempo que yo sentía una gran paz interior de estar ahí con ella en la orilla de aquel pantano, solos y lejos del runrún del mundo exterior. Inmediatamente sentí el deseo subir, y mis manos decidieron que era hora de esconderse debajo de la camiseta de Fosca. Ahí se introdujeron y fueron explorando, acariciando la piel de su espalda, sus hombros, sus pechos.

Fosca gimió cuando aparté uno de los tirantes de su camiseta de deporte, alumbrando un seno a la luz del sol. Gimió otra vez cuando acerqué mi boca y le empecé a besar lentamente un pezón ya erecto, ultrasensible. Soltó un tercer gemido cuando cayó el otro tirante y el otro seno apareció, como pidiéndome que jugara con él. Así estuvimos un rato, las manos de ella también habían decidido darse un paseo por mi cuerpo, aparentemente disfrutando del tacto de mi masculinidad erguida bajo el ajustado pantalón corto de licra. Juntos formábamos un nudo tierno y morboso.

Habían desaparecido totalmente el pantano, la montaña, los caminos, las bicicletas y los renacuajos. Inmersos en una espiral de deseo, estuvimos a punto de desnudarnos y hacer el amor ahí mismo, en aquella pequeña playa terrosa y bajo el sol, como si fuéramos los únicos habitantes del universo.

Pero unas voces proviniendo de algún camino cercano nos hicieron aterrizar, y decidimos, no recuerdo quién lo sugirió primero, de buscar un rincón más privado para vivir nuestro deseo, para consumirnos en él. Hicimos un intento infructuoso de dar la vuelta al pantano por un camino estrecho, en el que me caí absurdamente con la bici, ojo, no fue por estarle admirando el trasero a Fosca, ya que ella estaba atrás de mi en aquel momento. Sencillamente tenía la cabeza y el resto de mí en las nubes.

Regresamos a la playa y de ahí cogimos un sendero estrecho que se adentraba en el bosque ladera arriba, empujando las bicis. Cada uno iba pensando en silencio en como iba a continuar aquel momento tan especial, cuando metidos en medio de la selva Fosca soltó en voz alta “¡Es un poquito más adelante, a la izquierda, en el número 57”. Carcajadas y deseo.

Cuando llegamos al árbol numero 57 lo tuvimos claro, clarísimo, los dos. Un robusto tronco de pino presidía este rincón en plena maleza, hecha de vegetación seca y arisca, poco invitante para momentos de sensualidad. Pero en otro ejemplo flagrante de la perfecta organización de la excursión por parte de Fosca, a los pies del tronco del pino se extendía un modesto manto de tierno musgo verde. Un lecho perfecto para los amantes!

Nada más pisar la alfombra verde, Fosca se deshizo de zapatillas y medias para pisar el musgo con los pies desnudos. Me invitó alegremente pero casi imperativamente a hacer lo mismo, obedecí y mis pies entraron en contacto con la Tierra, en un gran momento de "grounding", auténtica y placentera conexión a tierra eléctrica. Lo estábamos pasando tan bien, ¿me estaba realmente invitando a "poner los pies en la tierra"?

Yo nunca me había desnudado tan rápido. El uniforme de ciclista tiene esto, no hay ni botones ni cinturones, no hay ropa interior. Fosca también apareció desnuda ante mi en un abrir y cerrar de ojos, su precioso cuerpo de piel clara destacando sobre el fondo de vegetación tupida. Pero esta fue una visión muy fugaz, porque enseguida nos encontramos abrazados uno al otro.

Con los pies en el musgo ligeramente húmedo, nuestros cuerpos se apretaron uno contra el otro, en un encaje ideal, una unión casi perfecta de molde y contra-molde, si no fuera por mi sexo erguido produciendo un bulto duro, apretado entre mi abdomen y su vientre. El aire fresco rozaba nuestras pieles, y la luz tamizada del sol bañaba silenciosamente esta escena de paz.

Nos abrazamos así durante un rato, cada uno buscando el olor del otro en cuello y cabello, encontrando estos olores que se mezclaban con el del bosque. Nuestros cuerpos procuraban apretarse uno contra el otro cada vez más, hasta que pronto los dos empezamos a ondular, produciéndome escalofríos desde mis pies en el musgo hasta la punta de mi pelo.

Pronto nos acostamos en la cama verde en la que cabíamos perfectamente, y nos volvimos uno despacio, mientras nuestros pies levantaban un poco el manto de musgo que, esto la organización lo había previsto, pronunciaba una pendiente suave pero significativa. A medida que íbamos ondulando uno en el otro, la gravedad nos arrastraba hacia abajo, y teníamos que plantar los pies en la tierra para no deslizar. Aquí era otra vez necesario "poner los pies en la tierra" para llegar al cielo, y no acabar en el arbusto seco ubicado no lejos de nosotros, ladera abajo.

El tiempo se paró, el mundo entero se paró, los pájaros dejaron de cantar, los jabalíes se quedaron petrificados, y hasta los insectos dejaron de volar alrededor del árbol 57.

Hicimos el amor, desnudos en el bosque, aullando sin límites, y yo en algún momento sentí que éramos animales apareándonos en plena primavera gloriosa.

Cuando recuperamos nuestra humanidad y miramos al reloj, habían pasado tres horas desde que habíamos encontrado aquel rincón de bosque para nosotros. Habíamos hecho el amor casi sin parar, comiendo golosamente alguna fruta en improbables intermedios. Creo que llenamos el bosque silencioso de gritos de placer, yo nunca había gritado así, me sentí lobo. Un lobo apareándose con una loba, con la loba perfecta.

Habíamos hecho el amor acostados en el musgo o de pie contra el tronco del pino 57, la piel en contacto con el aire, en contacto con el musgo, y con las piedrecitas y ramitas secas escondidas en el musgo. Nos miramos los cuerpos y estábamos cubiertos de rasguños, sobre todo culos y espaldas. Consideraríamos estos rasguños como prueba de que aquella experiencia había sido real y no un sueño.

Llamé al hotel rural para avisar de que ya no vendríamos, recogimos nuestras pertenencias desparramadas por la maleza, molestando algún bicho que se estaba empezando a recrear con alguna prenda embebida de fluidos humanos. Nos subimos a las bicis para recorrer el camino de regreso.

Al salir del bosque paramos en un restaurante para recuperarnos un poco con una cerveza y un vaso de vino gloriosos. Creo que la conversación fue escasa, tan atontado estaba yo con la experiencia que acabábamos de vivir. Fosca también parecía algo movida! Pero nunca paramos de reírnos, pese a los rasguños, Fosca tiene un gran sentido del humor, entre tantas otras cualidades.

El resto de la ruta fue veloz, cuesta abajo y con el viento a favor, y sintiendo ya los primeros dolores de las necesarias agujetas y demás molestias menores resultantes del sexo casi animal que habíamos disfrutado. En la estación apenas tuve tiempo de despedirme de mi compañera, pues el tren a Barcelona salía enseguida. Me subí en el último minuto, y mientras el tren arrancaban de pie en el andén, Fosca me sonrió por la ventana. Ella se dirigiría hacia otro destino.

Hasta pronto, mujerazo, novieta ciclista, loba suntuosa, escort todoterreno! ¿Donde quedaremos la proxima vez, en un barco, un avión, un parapente?

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