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La Boite

60 millones: mi primer gran negocio

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por - 05/10/2015 a las 07:05 (371 Visitas)

Aunque Madrid nunca me gustó, tenía claro que para progresar y lograr mis metas e inquietudes profesionales, debía permanecer en la capital.


No me iba mal, no tenía ni 35 años y fui consiguiendo pequeños logros profesionales que me iban posicionando con un margen económicamente estable.

A mi madre, la intenté convencer para volver al pueblo y dejar Madrid, aunque siempre se negó a volver por vergüenza, aquella que no tuvo mi tío cuando se quedó con nuestras propiedades a precio de embargo, pero el caso es que al final no pudo vivir sus últimos años en su pueblo, en su casa de siempre.

Es lo único que no pude darle y cuando das con esas situaciones, acabas aprendiendo que no todo se compra con dinero. Las culpas
que siempre acompañaron a mi madre, son una de esas cosas.

Una mañana al pasar por una calle del centro, me fijé en un balcón en el que habitaba un cartel de "se vende".

La inmobiliaria que gestionaba dicha venta,
estaba en la plaza de Colón y directamente me presenté en sus oficinas esa misma mañana, no quería perder ese negocio.

En la inmobiliaria, me informaron del precio, que era de 60 millones de pesetas. Un piso señorial, altura primero, con más de 400 metros cuadrados y que pertenecía a una señora ya mayor y viuda, con problemas de liquidez para soportar los gastos que acarreaba el mantenimiento de dicha propiedad y la carga hipotecaria de unos 8 millones que aún tenía por liquidar con el banco y por tanto, en la agencia ya me indicaron que apretando las clavijas, ese piso podría quedármelo por unos 10 millones menos fácilmente.

Al día siguiente fui a visitar el piso que parecía anclado en el tiempo, papel en todas las paredes, muebles de los 60, las habitaciones exteriores y baños con humedades y hasta las maderas del suelo crujían casi antes de que asentaras en ellas la pisada. El comercial de la inmobiliaria intentaba camuflarme todas las deficiencias de forma torpe y la anciana, la propietaria, asistía casi de forma testimonial sin intervenir mucho, de forma resignada.

Me interesé por su vida, saber su historia, si tenía más familia, etc... y al salir del piso, el comercial me volvió a insistir que era un buen negocio y que apretando un poco, por unos 50 millones se podía conseguir.

Evidentemente la anciana tendría que irse a una residencia con el dinero que sacase de la venta y terminar
allí sus días de la forma más plácida posible.
A la mañana siguiente fui a verla, pero sin el comercial de la inmobiliaria.


Acordamos que le pagaría 60 millones de pesetas, que era lo que pedía por el piso. Además ella seguiría viviendo en esa casa en régimen de usufructo, o sea, podría disponer de la vivienda hasta que falleciese o quisiera marcharse de allí.

La señora al principio estaba bastante desorientada, no llegaba a entender

que alguien que era un completo desconocido le pagase lo que pedía, sabiendo su necesidad y la hipoteca que tenía, y además después cederle la casa que había comprado para que ella viviese de forma tranquila en su hogar el resto de su vida.

Decidí explicarle que en realidad y aunque ella no lo supiese, no éramos unos completos desconocidos, le conté la historia de mi madre, la manera en la que ella se sacrificó porque lo importante era su hijo, era yo. Que a pesar de irme bien en la vida, no pude lograr que ella volviese a su hogar, a su pueblo y que en realidad, aquella no era la primera vez que yo estaba en esa casa.

Verá Señora, le dije: la primera vez que entré en esta casa era un mocoso, venía con mi madre, viuda reciente que después de malvender unas tierras y su casa del pueblo, tuvo que venir a Madrid a servir. Vinimos directamente a esta casa, su marido que era médico, ese día no estaba y a mi madre la recibió usted.


Al verme a mí, acabó por decir a mi madre que no podría entrar a servir en su casa, pues le parecía mayor a pesar de que sólo era un crío y acabamos por irnos a una pensión.


Con los gastos que soportaba mi madre, el dinero que conseguía le era insuficiente y acabó por entrar a trabajar de señorita de alterne. Y el otro día, al pasar por esta calle, vi en el balcón el cartel de se vende y decidí interesarme a ver si podía comprar esta casa.

La cara de la Señora fue todo un poema, evidentemente a mí no me reconoció, pero sí se acordaba de mi madre y de esa visita. Esa mañana hablamos mucho y lloramos en igual medida.

A los pocos días, firmamos la compra venta de la casa y durante algún tiempo, caía de visita para verla y merendar juntos.

A principios de los 90, falleció, pero al menos lo hizo de forma tranquila, en su cama y en su casa.


Para mi sorpresa, me nombró heredero único del dinero que aún le quedaba, que era casi la totalidad de lo que le había pagado en su día por la compra venta del piso y de una casa en un pueblo de Toledo que era de su marido y unos viñedos que aún mantenía y no consiguió nunca venderlos.

El piso lo dejé cerrado y quise transformarlo en un hogar cuna o un piso de acogida, pero las trabas burocráticas y la pasividad de las instituciones
fueron tales que me aparté de hacerlo de forma conjunta con ellos y acabé vendiendo dos años después ese piso de la calle Marqués de Urquijo de donde una vez, cuando era un mocoso, a mi madre y a mi, nos echaron.

Y ese fue mi primer gran negocio, y no porque acabase ganando al final bastante dinero, sino por saber que si mis padres siguiesen vivos, estarían bastante orgullosos y satisfechos de saber que supieron inculcar a su hijo los valores y formas de actuar en la vida que ellos consideraban eran los mejores.

Saludos a todos.

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Actualizado 05/10/2015 a las 07:08 por kreo

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Foreros , Personal

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