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  1. #1
    hipocrit
    Guest

    Homenaje al mas grande Forero que ha existido: Ameba

    Ameba es un forero que conoci en dos foros que compartíamos : Sitiosdezaragoza y Bcnrelax, tuve la suerte de conocerlo personalmente y era un personaje entrañable. Narraba sus experiencias con tanta gracia ,que las tenía que leer por partes para secarme las lágrimas de los ojos. Eran tan espectaculares que me dedique a guardarlas como si fuesen un tesoro para que no se perdiesen.
    Actualmente no se nada de él, dejo de postear en Bcnrelax y se autoexcluyo de Sitiosdezaragoza. Ý no responde al correo que tenía suyo.
    Voy a ir publicando las expes suyas que tengo guardadas como un homenaje y para que le conozcais.
    Ameba, si algún día lees esto y te molesta que lo haya hecho, con un simple toque vendrán mis disculpas ,el borrado de todo lo escrito y el mas fuerte de los abrazos grandullón.

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  3. #2
    hipocrit
    Guest
    ESTA ES LA PRIMERA VEZ DE AMEBA.

    ameba 14/11/2007 22:57


    Mas o menos, esta fue "mi primera vez"


    Espero que el paso del tiempo no me haga desvirtuar lo que sucedió aquel día en el que me acerqué, aunque de forma casi tangencial, al mundo del sexo de pago. Pero os adelanto que mi neurona está un poco desgastada por la acción de los años y no puedo asegurar al cien por cien que todo lo que voy a narrar realmente me ocurriera a mí. Sea como fuere, esta es mi historia.


    Creo haberos comentado alguna vez que yo me crié en la zona del Casco Antiguo de Zaragoza, allá por las calles adyacentes a donde se encontraba el famoso burdel Pepita Moreno del que ya hemos hablado en alguna ocasión. Los jovencillos, sin mejores quehaceres, solíamos reunirnos por allí cerca para espiar a las buenas mozas que residían en la casa. En ocasiones éramos más afortunados y los clientes nos daban alguna perrica por hacerles algunos encargos, como llevarles flores a las chicas, comprar helados, etc. Incluso, era la propia Pepita la que nos encargaba algunas pequeñas tareas, de las que siempre salíamos recompensados.
    Al margen de las escasas monedas que podíamos conseguir, uno de los alicientes importantes para estar rondando la casa es que, a cambio de los recados que hacíamos, Pepita nos permitía alguna vez observar las artes amatorias de los clientes con las chicas. No sé si lo hacía por caridad, por simple mercantilismo ya que en ocasiones le éramos de utilidad o por comenzar a preparar la nueva generación de clientes. Lo cierto es que desde la alacena de la cocina existía un minúsculo agujero arteramente practicado en la pared, desde el que se dominaba la práctica totalidad de una de las estancias. No era un sitio especialmente cómodo, ni tampoco la visión era de gran calidad. Pero, entre lo que se veía y lo que se intuía, el afortunado que podía ocupar esa esquina podía pasar un buen rato.
    La tarde que me aproximé al sexo de pago por primera vez recuerdo que los jovenzuelos andábamos ciertamente revolucionados. Se rumoreaba que el gran torero José Pérez, conocido por el sobrenombre de Robleño, había pedido cita para la tarde. Él tenía, con perdón, corrida en el coso de la Misericordia de Zaragoza y tenía la costumbre de terminar la tarde gozando de los favores de las chicas de Pepita. Para los críos esto era un acontecimiento porque, además de las propinas que esto podría suponer, los más veteranos hablaban y no paraban sobre las bacanales que se organizaban en el local entre Robleño, su cuadrilla y las chicas.
    Esta tarde viene Leño- chilló el Agustinico, anunciándonos la noticia. Yo, que era el más novato de toda la trouppe de haraganes, miré a mi alrededor con gesto de ignorancia supina intentando adivinar el por qué de tanto alboroto. Yo desconocía que o quién era este Leño. Pero me explicaron que el Leño era el apodo por el que se conocía coloquialmente al torero y, al decir de los mayores, estaba relacionado con su miembro viril, cuyas dimensiones prometían ser homéricas. Al escuchar la buena nueva, todos los mayores abrieron unos ojos como platos y, de inmediato, empezaron a soñar con la posibilidad de contemplar el espectáculo desde el ya mencionado escondite. El problema es que el habitáculo era unipersonal, por lo que era imprescindible proceder a seleccionar a aquel de nosotros que iba a disfrutar del evento. Todos dimos nuestra opinión de cuál era el método que debía seguirse para tal selección. Unos decían que a los chinos. Pero la mayoría éramos analfabetos y no sabíamos ni sumar, ni contar, ni na de na, así que se desestimó la propuesta. Otros solicitaron el uso del tradicional pito-pito gorgorito, pero parecía un procedimiento muy poco serio para la finalidad del proceso selectivo. En fin, que cada cuál ofreció su particular alternativa, organizándose finalmente un ingobernable galimatías.
    Tuvo que ser Miguelón, que era el más veterano, quién recordara que todas estas trifulcas se habían resuelto siempre por el mismo sistema: el de la paja más corta. Todos asintieron y suspiraron entrecortadamente, con rabia, sabedores de que sus opciones de disfrutar de la velada iban a ser ciertamente escasas. El único que se reía era el Faustino quién, a decir de mis amigos, parecía ser invencible en este tipo de juegos. Yo, no entendiendo nada, les pregunté a que venía esa desesperación. En realidad, les argumenté, la selección del candidato era totalmente aleatoria ya que sólo dependía de tomar una paja un poco más corta que los demás. Por tanto, no veía qué ventaja podía tener el Faustino frente a los demás. Todos se rieron. Resulta que el juego no era como yo creía, siendo algo distinto al procedimiento tradicional. El método de la paja más corta consistía en ... eso, en hacerse la paja más corta, más rápida. Había que ponerse en fila, a pocos pasos de una tapia y comenzar a masturbarse a una orden determinada. El primero que se corría y, muy importante, impactaba con su semen en la tapia ganaba. Simple, en apariencia, aunque era necesaria cierta dosis de pericia para retrasar la salida del semen hasta que éste pudiera ser propulsado a la distancia deseada.
    No vi muy complicado el juego y pensé que podía tener mis opciones. Pero, después, me dieron la pésima noticia de que el Faustino tenía serios problemas de eyaculación precoz. Esto le proporcionaba una gran ventaja sobre el resto de nosotros y de ahí que casi siempre ganara en este tipo de envites. De hecho, él fue el que ideó el método. Puede que ser el más alto y el más fuerte de todos los chavales de la pandilla le hubiera ayudado a "convencernos" de que este método era más idóneo para dirimir nuestras disputas.
    Con cierta frustración, y sin apenas ánimo por nuestras escasas probabilidades de vencer, quedamos todos a las 5 de la tarde enfrente de una tapia de la calle Contamina para dilucidar quien se llevaba el premio. Yo llegué con unos minutos de antelación al punto de reunión y observé como los participantes se movían angustiosamente de un lado para otro, esperando que llegara la hora prevista. Algunos hacían ejercicios de precalentamiento o, mejor dicho, de calentamiento en el más sexual de los sentidos y miraban con pasión algunas fotos que habían recortado de alguna revista de casa de Pepita. Otros cerraban los ojos y se imaginaban en los brazos de la Garbo. Un par de ellos se tocaban de forma disimulada los genitales, intentando provocarse una erección anticipada. En definitiva, ante la suculencia del premio que íbamos a disfrutar, todos buscábamos algo de inspiración que nos proporcionara una ventaja adicional sobre nuestros rivales.
    En esto llegó la hora. A la voz de preparados, todos nos pusimos en una misma fila. Dimos cuatro pasos atrás y nos situamos enfrente de la pared. Parecíamos un pelotón de fusilamiento, sólo que el fúsil y la munición venían de fábrica. Las normas exigían que todos teníamos que estar con la bragueta subida y con las manos en la cabeza. ¡Atentos!, gritaron ¡Una!, ¡Dos! y...... Un desolador grito interrumpió la cuenta. Era Faustino que sollozaba, gritaba, lloriqueaba como una Magdalena. Los vecinos salieron a los balcones a ver lo que pasaba y se preguntaban entre ellos qué había sucedido. El pobre Faustino se retiraba de la fila entre lágrimas. ¡Estaba descalificado! Se había corrido antes de que se diera la tercera voz, por lo que estaba fuera del concurso. ¡Pobrete! Su eyaculación precoz, que tantas tardes de gloria le había proporcionado, le jugaba esta mala pasada justo cuando mejor era el premio a disfrutar.
    Una vez que el gran rival había desaparecido, todos nos alegramos y nos dispusimos a entregarnos con más fe a la consecución de nuestro objetivo. Retomaron la cuenta: ¡Una! ¡Dos! y.... ¡Tres! A esta señal, todos buscamos nuestro miembro, lo sacamos y comenzamos a masturbarnos aceleradamente. Pero tan nerviosos estábamos que aquello se tornó en un auténtico guirigay. Fernando, por ejemplo, se intentó bajar la cremallera todo lo rápido que pudo. Pero ésta no cedía y permanecía inmóvil a lo largo de la guía. Al ver que el resto de sus compinches comenzaba el torneo y que perdía comba se desesperó un poco. Volvió a tirar de la cremallera, obteniendo el mismo dramático resultado. ¡Nada, que aquello no se abría!. Decidido a abrir eso a cualquier precio tomó impulso y tiró nuevamente como si se intentara desprender de un disco de Tamara (Ámbar o como diablos se llame ahora). Lo hizo de forma tan impulsiva, tan brusca que la cremallera se cruzó con sus testículos. ¡Raaaaaaaaaas! Se oyó como un chasquido, luego acompañado de un grito demoníaco que dolía sólo de escucharlo. ¡Uuuuayyyyyyyyyy! Fernandico empezó a sangrar y a chillar como un gorrín en Noviembre. Sus compañeros se debatían entre ayudarle y seguir defendiendo sus derechos en el concurso. Pero, uno de ellos se desmayó al ver la ingente cantidad de sangre que manchaba el pantalón de Fernandico, mientras que otro comenzó a vomitar al no soportar tan cruento espectáculo. ¡Tres rivales menos!.
    Aprovechando la confusión Valero y Ballarín, tal y como habían pactado previamente, se "echaron mutuamente una mano", acariciándose recíprocamente sus miembros. Esto les funcionó bastante bien en un primer momento y cobraron una importante ventaja. Parecía que alguno de ellos iba a ser el ganador. Pero, cegado por el momento, y en un acto totalmente impulsivo, Valero besó la boca Ballarín. Éste, enfurecido como un Miura al que le han puesto banderillas de fuego, retiró la mano del pene de Valero y sin más miramiento le metió un ostión, mientras le recriminaba su actitud. ¡Te he dicho que sin mariconadas!, le chillaba, al tiempo que le perseguía camino de la calle del Temple. Por fortuna para Valero, Ballarín estaba un poco fondón y no pudo atraparlo, pero el resultado fue que ambos estaban descalificados por abandonar la línea.
    Sólo quedábamos Lorenzo y yo, que estaba enfrascado en concentrarme y mover frenéticamente mi mano. Sabía que tenía posibilidades, serias posibilidades, por el devenir de los acontecimientos. Por eso, no pude evitar mirar de reojo hacia Lorenzo y descubrir que me llevaba bastante ventaja. Efectivamente, Lorenzo estaba a punto de eyacular. Cerraba los ojos y sacaba su lengua por la comisura de los labios, en señal de que su momento estaba a punto de llegar. Abrió la boca, jadeó, contrajo sus músculos, apuntó con su pene hacia la pared y...... en lugar de salir un chorretón de lefa propulsado directamente hacia la tapia, éste resbaló por la punta de su pene, cayendo, gotica a gotica, al suelo. ¡Había fallado su impacto. Era mi oportunidad y lo sabía. Me relajé un poco. Sólo tenía que terminar de masturbarme y acertar en la pared. Lo primero ya casi estaba, por lo que mi preocupación se centraba en lograr la suficiente fuerza para el lanzamiento y atinar con el ángulo preciso. El resto de los chavales intentaron ponerme nervioso, diciéndome que no era capaz, algo sobre mi madre y un comercial de Barcelona, algo sobre mi padre y un pastor alemán y una seria de improperios más. Pero, aun cuándo me preguntaba como conocían lo de mi padre y el cura de Hannover, me mantuve firme en mi idea Muy firme ... firmísimo. Cuando noté que no podría estar más firme apunté, contraje los músculos anales para asegurarme una buena propulsión, busqué el ángulo correcto y liberé un majestuoso manantial de esperma que impactó de lleno en la tapia, ante el lamento del resto de mis compas ¡Era el ganador! Una sonrisa me inundó la cara. Me subí los calzones, luego pantalones, me puse la camisa en su sitio y, con las piernas flojas por el esfuerzo realizado, me encaminé a ocupar mi puesto dentro de la casa de Pepita. Debería haberme lavado las manos también, pero ya lo había hecho por la mañana y no tocaba otra vez hasta la noche.
    La espera en Casa de Pepita se me hizo larga. Creo que, incluso, me llegué a dormir un rato mientras aguardaba a la llegada de Robleño, el Leño, el gran Leño, y su séquito. Pero éstos no llegaron hasta cerca de las ocho de la tarde. Vinieron precedidos de un lejano murmullo, que luego se convirtió en un clamor que se mezclaba con vítores y alabanzas. Era la afición que traía en volandas al torero después de una tarde triunfal. Tras el oportuno pago a los capitalistas, Robleño y su cuadrilla entraron en la casa de Pepita, despidiéndose de la afición. Yo, al escuchar todo el barullo, me levanté de un salto y pasé a ocupar mi puesto. Con la cara pegada a la pared, vi la entrada de Robleño en la habitación. Y cuando digo pegada, lo digo en el sentido más literal, por cuanto el sudor de mi cuerpo se mezcló con ciertos fluidos ya existentes en la pared, evidencia de que algunos compañeros habían pasado buenos ratos con anterioridad, creando una masa pegajosa que atraía mi cara hacia aquella pared.
    El semblante de Robleño era el de un hombre cansado. La corrida, me refiero de momento a la de toros, había sido dura. Se llevó, con gesto de dolor, la mano a su cara, tapándose con su palma el ojo derecho. Al parecer, Robleño había tenido un percance en el cuarto toro. Al dar una chicuelina, el toro le prendió el engaño e hizo hilo con él, apretándolo hacia el burladero. Allí, le derribó de un topetazo y, con Robleño en el suelo, el morlaco le propinó más de 5.000 cornadas en el ojo. ¡Vamos, que no perdió el ojo de milagro!. Sin embargo, supo rehacerse de ese mal trance y obsequió a la parroquia con una de las mejores faenas de la historia del Coso de la Misericordia. Cuentan las crónicas que dio más de 13.000 vueltas al ruedo, de forma que los espectadores se fueron a casa, cenaron y, cuando volvieron, Robleño y su cuadrilla seguían dando vueltas al ruedo. ¡Fue un gran triunfo Robleño se sentó en el borde de la cama. Pidió algo de beber y que entrara la Argentina. Yo, sigilosamente atento a todo desde mi escondite, recibí como una descarga interior al escuchar el nombre de la agraciada: La Argentina. Mary, la Argentina, era una chica no muy alta, muy agraciada de cara, de pelo negro, ojos negros y dos razones para no dejar de admirarla. Era muy simpática con nosotros y todos la adorábamos. La llamábamos la Argentina desde que nos dijo que era natural de Montevideo. Mary era un encanto y todos habíamos soñado debutar en el terreno sexual con ella. Yo, en cierta medida, lo iba a lograr.
    Mary entró en la estancia luciendo su vestido blanco. Le ofreció el botijo a Robleño, quien bebió hasta dejarlo prácticamente seco. Mary se sentó a su lado y comenzó a desnudarlo, lentamente, muy lentamente. Al irse descubriendo el cuerpo del torero, Mary contempló sus múltiples cicatrices, las del torero digo. Algunas tenían el aspecto de verdaderos zurcidos. Mary besó el maltratado cuerpo de Robleño, quien en justa reciprocidad, le mesó los cabellos y le dio un beso suave en la boca. Luego otro. Otro más. Sus lenguas se fundieron en un beso largo, intenso, desenfrenado, como el que sólo lo puede dar aquel que se siente que está disfrutando de una primera prórroga de su vida. A Robleño le entró un escalofrío, tal vez recordando el mal trago vivido por la tarde, y Mary lo rodeó con sus brazos, quedando la habitación en silencio.
    Durante un buen rato, ninguno de los dos se movió. Nadie dijo nada. Yo estaba la mar de aburrido. Tenía la chorra en mi mano y la sobeteaba de forma automática, sin ganas, esperando que los amantes comenzaran su acto y yo pudiera disfrutar al verlos. Tentado estuve de chillar y pedir que comenzaran a darle al asunto. Afortunadamente, no hizo falta. Robleño se repuso y tomó las riendas de la situación, actuando por fin como el amante que todos presuponíamos que era.
    Robleño se puso de pie, estando Mary sentada en el borde de la cama. Robleño se terminó de deshacer de toda su ropa. Entonces pude, por fin, ver el trozo de carne que daba origen a su apodo. Hombre, no estaba mal, pero no era nada impresionante. Lo que sí que me llamó la atención fue el nombre que aparecía tatuado a lo largo del pene de Robleño. Aunque estaba algo difuminado, parecía leerse TEREMA. Yo, no le di mayor importancia, si bien no era capaz de entender lo que significaba.
    Mary tomó el pene de Robleño en la palma de la mano y lo sobrepesó. ¡Plas!, ¡Plas! Sonó. Mary le dio un beso en el pene. Un segundo beso. Luego corrió su lengua por encima. Después por debajo, dándole acto seguido suaves golpecitos con la lengua. El miembro de Robleño comenzó a erguirse y a exhibirse en toda su majestuosidad. Mary suspiró, tomó aire de forma profunda, y se tragó el estoque del matador. Robleño se arqueó, empujando con sus riñones hacia la cara de Mary. Poco a poco, muy poco a poco, Mary se retiró hacia atrás, abriendo su boca, mientras sacaba de su interior un pene enorme, grueso, que chorreaba saliva por todas las partes.
    Yo, que había empezado a masturbarme, me quedé boquiabierto al ver el miembro de Robleño. Incluso, pensé, que el apodo le podía quedar escaso por cuanto a partir de ese Leño se podría reconstruir la Armada Invencible. Por cierto, que el nombre que antes aparecía poco claro, lucía ahora de manera distinta y en lugar del inicial TEREMA se podía leer de forma nítida: TE RECUERDO PALOMA, supongo que en memoria de alguna antigua novia del torero. La visión de tan tremendo aparato me produjo un plus en mi estado de excitación y mi mano se movía casi de forma espasmódica a lo largo de mi pene. Ante el temor de terminar antes de lo previsto, dejé momentáneamente de pajearme para contemplar y, de paso, aprender cómo los moradores de la estancia contigua copulaban.
    Mary se tumbó en la cama ofreciendo a Robleño todo su sexo, quien agradeció el gesto introduciéndose, de un rotundo golpe, totalmente dentro de ella. Al sentirse penetrada Mary resopló y su gruñido de placer debió escucharse hasta en la cercana iglesia de San Felipe. Robleño se abalanzó sobre su compañera y se amorró a sus pechos, como si fuera un tierno infante en busca de su pitanza. Las caderas de Robleño comenzaron a moverse de forma enérgica. Los movimientos pélvicos de los amantes eran acompañados por sollozos, por bufidos, por susurros de palabras obscenas en la oreja de Mary quien, fuera de sí, se estiraba en la cama deseando ser poseída una y otra vez.
    Entre sollozos de aceptación, Mary propuso cambiar de postura sexual. Robleño retiró su miembro del interior de Mary y un hilo de abundante líquido brotó de sus profundidades, prueba irrefutable del placer que estaba sintiendo. Mary se puso a 4 patas, con la cara apuntado hacia el rincón desde el que yo contemplaba la escena. No sé si sabía que les estaba observando, pero cucó un ojo en la dirección en la que yo estaba, mientras sacaba la lengua de forma lujuriosa, pícara ... obscenamente sexual.
    Mary recibió el impacto del cuerpo de Robleño, saludándolo con un hondo gemido. Sus ojos abarcaban el total de sus órbitas, incluso amenazaban con salirse de ellas. Abrió la boca y su respiración se entrecortó. Mary cabeceaba al ritmo impuesto por el torero, que parecía deseoso de traspasarla de punta a punta. Los senos, los enormes senos de Mary bamboleaban con una cadencia espectacular. Yo no paraba de mover mi mano arriba y abajo. Disfrutaba tanto como ellos. Robleño asió a Mary por las caderas y la arrastró hacia él. Mary se derrumbó. Su cabeza estaba ladeaba, los ojos cerrados, sus pechos yacían sobre la cama y su trasero se elevaba solemne facilitando las acometidas de El Leño.
    No pude más. Dejé de mirar, aunque los sonidos que llegaban de la habitación próxima eran casi más excitantes que lo que había visto hasta entonces. Me olvidé de los amantes y me concentré en darme placer, recostándome en el rincón de la estancia. Unos alaridos me indicaron que todo había terminado en el cuarto anexo. Incliné mi cabeza e, instintivamente, contraje mis músculos y levanté mi pene, tal vez recreándome en el momento de mi triunfo en la tapia de la calle Contamina. Sonreí mientras de mi cuerpo surgía un reguero de semen que volaba por la estancia. Mi pene liberó su carga, una vez, dos veces, tres veces .... impactando, una vez, dos veces, tres veces, en don Pedro Pallarés, picador de la cuadrilla de Robleño, que el diablo había llevado a la alacena en busca de una botella de vino. Éste, incrédulo, contempló los tres impactos que había recibido. ¡Serás cabrón!, dijo enojando, al ver el manchurrón de su pernera. ¡Serás cabrón!, gritó ahora, totalmente irritado al comprobar la huella de mi crimen en su vistosa chaquetilla. ¡Serás... cabrónnnnnnnnn! Ahora no gritó, no chilló, sólo emitió un sonido ronco mientras se limpiaba la cara, cerca de la comisura de los labios. Apenas tuve tiempo de reaccionar antes de escuchar un zumbido. Era la mano, inmensa, dura, encallecida, del picador que venía hacía mí. Esquivé el golpe por milímetros, aunque no pude evitar que me rozara la testuz. Dolía, sólo ese roce dolía, así que no me paré a comprobar que sucedía si el impacto era pleno. Me puse de pie todo lo rápido que pude e intenté salir de la estancia. Noté otro zumbido que venía hacia mí... pero que me impactaba, esta vez sí, en el cuello. ¡Qué daño! Yo creo que levité por unos segundos, antes de aterrizar de bruces en el pasillo de la casa. Por suerte, el golpe fue en dirección hacia la salida, por lo que sin mirar lo que sucedía a mi espalda, pude escapar, corriendo como alma que lleva el diablo.
    Salí corriendo por la calle, evitando tropezarme con los adoquines, no fuera cosa que don Pedro viniera por detrás. No paré hasta que llegué a las Murallas Romanas. Allí, intenté recuperar el resuello. Miré hacia todos los lados, inquieto, hasta que me convencí de que no me seguían. Me sentí liberado. Me acerqué a la fuente que había al lado de la iglesia de San Juan de los Panetes y, ya de paso, me adecenté, porque con las prisas no me había percatado de que tenía la chorra fuera del pantalón. Me senté confortablemente en la pared de la iglesia, reclinando mi cuerpo. Desde allí vería el paso de la gente, de las carretas, del río. Con esta visión me relajé y me sondormí, mientras recordaba todo lo que había vivido. La victoria en el torneo, la llegada de Robleño, la visión de Mary, de nuestra Mary.... todo el folleteo.
    Esa fue mi iniciación al mundo del sexo de pago, nada tradicional como veis. Después de esa tarde, fueron muchas las que pasé en distintas casas, con distintas chicas, a cuál mejor, ahora sí disfrutando de los placeres carnales de hembras, varones y lo que se terciara. Reconozco que me he divertido mucho. Pero, si cierro los ojos, suele venir a mi mente esa primera vez, en la que descubrí que, en esencia, yo era, por aquél entonces, un mirón de pacotilla. Con el tiempo, a base de trabajo, esfuerzo y fortuna mejoré notablemente mi posición social y dejé de ser mirón para convertirme en voyeur. Un vicio o gozo del que todavía extraigo enormes dosis de placer sexual.

    Fin>>

  4. Los Siguientes 5 Usuarios Agradecieron a hipocrit por Este Mensaje:


  5. #3
    hipocrit
    Guest
    FECHA DE LA EXPERIENCIA: Verano, 2006.
    NOMBRE DE LA CHICA: Helena
    DIRECCIÓN: Actur
    TELÉFONO DE CONTACTO: ¿?¿?¿?¿?
    TARIFAS APLICADAS: 80 € 1/2 hora. 150 € 1 hora.
    ESTADO DE LAS INSTALACIONES: Chachi
    DETALLES DE LA CHICA: Española, morena de piel, 1’62 cm., muy simpática y agradable.
    PUNTUACIONES DE LA CHICA: Perdonadme, pero no doy puntuaciones. Simplemente os digo que es una gran profesional y mejor persona.
    EXTRAS SEXUALES: besos, sí. Francés sin, sí.

    El día estaba siendo duro, para no variar. Multitud de problemas por resolver, muchas historias e informes sobre mi mesa (cosa que no entiendo porque soy electricista) y, para empeorar más las cosas, ese calor, ese bochorno que me dificultaba la respiración y me hacía sudar descontroladamente. Aprovechando que el jefe le estaba echando una bronca de padre y muy señor mío al nuevo pues me escaqueé del curro y me dispuse a alegrarme un poco la tarde. Debo indicar que el nuevo no es un becario, ni nada por el estilo. Es un señor que lleva más de 20 años en la casa pero, como nació en Nuévalos, le llamamos el nuevo, ya que ignoramos cuál es el gentilicio de los alumbrados en ese pueblo de Zaragoza situado en la entrada del afamado Monasterio de Piedra.
    Al salir a la calle me di cuenta del sofocante calor que imperaba en el ambiente. Mis poros se abrieron de par en par y yo en vez de sudar, emanaba líquidos. A tal punto llegaron mis fluidos que desde Hispasat mandaron un correo a la confederación hidrográfica del Ebro porque creían haber encontrado una nueva surgencia de agua dentro de la cuenca. Realmente, el sol picaba de lo lindo, presagiando que el calor iba a ir en aumento e, incluso, era posible que cayera una buena tronada.
    Llamé a Helena y, para mi suerte, estaba disponible a mitad de tarde. Perfecto. Para hacer un poco de tiempo me fui al centro comercial situado muy próximo al piso de Helena. Había decidido empezar a hacer un poco de deporte y para ello necesitaba renovar mi vestuario. He de confesar que en casa comprobé que el último pantalón de deporte que había utilizado todavía casi me entraba… en una sola pierna, por lo que no parecía aconsejable salir a correr (mejor trotar) de esta guisa. Sin embargo, por más me lo intenté, no pude encontrar en todo del centro comercial ropa alguna en la que cupiera dentro. Es más, todavía recuerdo como se reía la señorita de la sección deportiva a la que le pregunté por las tallas especiales. Defraudado, salí del centro comercial y me encaminé hacia la casa de Helena.
    La tarde, por aquel entonces, ya no estaba iluminada por el sol. Una señora panza de burra se había apoderado del cielo y amenazaba con descargar una buena tormenta de un instante al otro. No me preocupé porque la distancia a recorrer era escasa, no más de 10 minutos, por lo que entendí que la probabilidad de mojarme era escasa. Despacito continúe hacia la dirección de Helena. Un ensordecedor trueno me avisó, no obstante, de que tal vez mis previsiones fueran erróneas y la inmediatez de la tormenta fuera mayor que la distancia a recorrer. Apreté un poco el paso y, al llegar al semáforo que divide la avenida, unas primeras gotas hicieron su aparición. No eran muchas, pero eran rotundas. Cuando se estampaban contra el suelo se escuchaba como una pequeña detonación. Intenté saltarme el semáforo, pero la pesada circulación de la zona desaconsejaba esta opción. Cuando el semáforo se puso en verde, crucé aceleradamente (todo lo aceleradamente que un servidor puede andar, que ciertamente no es mucho) y me situé enfrente del portal de Helena, a un semáforo de distancia. En ese instante un relámpago iluminó Zaragoza. No quise ni mirar al cielo. Sólo con escuchar las gotas silbando en su caída, como si fuera un bombardeo nuclear, era suficiente para saber que el nuevo diluvio había comenzado. ¡Y qué gotas, madre! ¡Eran gotas con fundamento! Cuando caían al suelo, reventaban y, de la explosión el hidrógeno salía disparado para un lado y el oxígeno para otro. ¡Qué aigua! Y siendo eso malo, lo peor es que el cielo tomaba ahora un color blanquecino, presagio de la pedregada que estaba a puntito de caer. En cuanto tuve la oportunidad, crucé la calle y me dirigí al portal de Helena. No había más de 20 metros. Aunque me libré de milagro del grueso de la tormenta, no es menos cierto que llegué jadeante y mojado, bastante mojado, a la dirección. Helena, que al verme por el video portero no pudo evitar soltar un pequeño sonido agudo que denotaba tanto susto como impresión, abrió la puerta. Creo que se lo pensó un par de veces, pero pulsó el interruptor de apertura y me introduje dentro de la casa. En el ascensor intenté como pude adecentarme un poco y presentar una figura medianamente digna… sin lograrlo, claro está. Helena abrió la puerta y, por fin, entré dentro de su piso.
    Ya recuperada de su susto inicial, Helena me saludó con su gran sonrisa, con su angelical y maravillosa sonrisa. Una franca y generosa sonrisa que indica que está delante de una mujer muy especial. Me invitó a pasar a la habitación y me hizo un gesto para que esperara dentro, ya que estaba ocupada hablando por teléfono. Al entrar en su alcoba, allí estaba él, aquel monstruo, ese pariente lejano del Dios Eolo con el que iba a tener que convivir por unas horas. Me refiero al aparato del aire acondicionado que Helena había instalado, creo que muy recientemente, en la habitación. Debo señalar, de entrada, que son unos electrodomésticos que no me gustan nada. Les tengo una tirria y una antipatía casi infinita, Y tengo mis fundados motivos, ya que me han trastornado alguna vez mi vida.
    Sí, porque yo llegué a ser uno de los mejores comerciales de una importante multinacional que trabajaba en España. Incluso se barajó mi nombre como jefe de Ventas para toda España. Eso sí que hubiera sido vida. Buen sueldo, volumen de trabajo razonable y una inmensa bolsa para gastos con los que agasajar a los compradores. Mi gran sueño. Me quedé muy cerca de conseguirlo ya pasé todas las rondas de selección hasta que sólo quedamos dos personas. El rival con el que tenía que luchar por el puesto era un tío insoportable, con un carácter voluble que más que ocasionalmente perdía, con lo que sus broncas eran monumentales. NO era especialmente inteligente, pero su falta de luces la cubría con unas dosis ilimitadas de pedantería, jactancia y petulancia. Era muy soberbio, muy presuntuoso. Vamos, que tenía todos los adjetivos que suelen adornar a los jefes.
    Para que entendáis un poco más como era este tipo, tenía como norma al presentarse deslizar, como el que no quiere la cosa, que él había estudiado en el M.I.T. Además lo pronunciaba de forma pomposa, “em-ai-ti”, alargando innecesariamente el sonido de las vocales. En los años 70 pocos sabían en España lo que era el Massachussets Institute of Technology, pero sonaba a muy anglosajón y el tío quedaba de miedo. Ahora bien, este tipejo no sabía ni hablar inglés, por lo que difícilmente podía haber cursado estudios en América. Con el tiempo descubrimos que el se refería a que había estudiado en MAITE, que era el nombre de la señora que regentaba la academia donde le enseñaron lo poco que sabía. Pero, mientras no se descubrió su ardid, él quedaba como un alto jerifalte de profundos estudios. Un ilustrado, vamos.
    Para decidir a quien de los dos le darían el trabajo, los jefes organizaron una especie de seminario en el que teníamos que mostrar nuestras cualidades como vendedores. Nos citaron un día y nos pidieron que preparáramos un tema, lo expusiéramos y, después, criticáramos mutuamente nuestras posiciones. En síntesis, eso era como un duelo dialéctico. Como ya os he comentado, mi rival no era tenía una forma de ser que le hiciera ser apreciado por sus compañeros, así que había cierto interés en que no saliera elegido. Por eso, unos buenos amigos le espiaron y me informaron del material que mi rival iba a exponer. El tío se había preparado un discurso al que le puso el pomposo nombre de “La irreversibilidad de las decisiones del consumidor en el ámbito del marketing”. El origen de su charla estaba en la hipótesis de un profesor americano que defendía la fidelización de una marca como única estrategia de ventas. Sabiendo el tema del que iba a hablar mi rival, la preparación de mi réplica fue bastante sencilla. Me basé en los trabajos del profesor Hurwicz que demostraba que el mundo del marketing no había nada irreversible... y mucho menos las decisiones del consumidor. Por tanto, sólo tenía que hablar de forma correcta, presentar acertadamente mis argumentos, machacar a mi rival y conseguir el puesto que tanto anhelaba.
    Pero el día de la presentación, me tocó sentarme debajo de la salida del aire acondicionado de la sala en donde se celebró la reunión. Para mayor desgracia, tuve que intervenir en segundo lugar, por lo que estuve recibiendo aquel gélido aliento por más de una hora y media. Cuando tuve que intervenir había perdido parcialmente mi voz y, lejos de recuperarla, en el transcurso de mi ponencia mi voz fue desapareciendo rápidamente, de forma que ni siquiera pude terminar mi alocución. El comité quedó defraudado con mi candidatura y el resultado, como podéis suponer, fue que el puesto se lo dieron a aquel personaje. Desde aquel día procuro alejarme lo más posible de este tipo de máquinas infernales, como bien entenderéis. Por cierto, que después me enteré de que este personaje tuvo problemas serios en la empresa y lo despidieron, lo que no me extraña dada su catadura. Creo que en la actualidad se dedica a promover foros relacionados con el mundo del sexo, si bien no puedo afirmar este extremo.

    Así las cosas, al entrar en la habitación de Helena me encaré con el maldito aparato e intenté apagarlo, antes de que Helena terminara su conversación telefónica. Al volver a la estancia, Helena me encontró mirando fijamente al aparato. Helena es una persona súper observadora, por lo que inmediatamente se percató de que algo me molestaba y me preguntó que si me pasaba algo. Yo asentí y, sin tener que decir nada, Helena me señaló el aparato. “¿El aire no está a tu gusto, verdad?”. Cerré los ojos en gesto afirmativo y Helena, tan gentil como siempre, se acercó al mando y... puso el aire a tope de su volumen, al tiempo que me decía que ella también estaba acalorada y que lo estaba pasando fatal con el bochorno de la tarde. Yo noté como mi camisa, todavía húmeda por la lluvia, se hinchaba como la vela de un barco, a la vez que sentía como una procesión de agujas de hielo recorrían mi espalda. ¡Qué frío!
    Helena me invitó a ducharme. Mientras me desnudaba, ella amablemente me preparó el agua de la ducha. “Ahí la tienes. Del tiempo, la temperatura que te gusta” me dijo al entrar yo en la ducha. ¡Rediosla! ¡Del tiempo! ¡Estaba chelada como el agua del ibón de Plan ! Resoplando, me mojé por todo el cuerpo, dándome la ducha más rápida del mundo. Helena, que había marchado a por sus pertrechos, volvió al cuarto de aseo y al ver que yo había terminado se sorprendió. Supongo que pensó o bien que mis costumbres higiénicas dejaban bastante que desear o bien que era un pervertido que tenía tantas ganas de yacer con ella que no era capaz de darme una ducha en condiciones. No descarto que pensara ambas cosas.
    Helena me invitó a salir para que se pudiera asear a gusto. Me negué. Le di mil excusas: que si estás muy guapa, que si quiero verte, etc. Pero siendo esto cierto, no era menos verdad que a lo que más temía era a encontrarme con el esparcidor de hielo que habitaba en la estancia contigua. Pero Helena, insistió en que me fuera y no me quedó más remedio que salir.
    Cuando Helena salió yo estaba casi tiritando en una esquina de la habitación. Casi ni tenía ganas de sexo ni de nada. Sólo pensaba en un chocolate humeante, pero no para realizar juegos eróticos-gastronómicos, sino para calentarme un poco. Pero, en cuanto Helena se acercó, me sonrío y me tomó de la mano y me llevó a su cama, mis reticencias fueron despareciendo… y comencé a tener otro tipo de calores.

    Estar con Helena es disfrutar. Da lo mismo la actividad que practiques con ella y desde luego no necesariamente me refiero al sexo. Helena te hace sentir siempre en la gloria. Nos sentamos en el borde de la cama y nos besamos como dos novietes. Me encanta la dulzura de todos sus actos. Cómo te acaricia, cómo te mesa el cabello. Me relaja su compañía. Poco a poco, mi cuerpo se fue enroscando alrededor de su esbelta figura y, al tiempo, estábamos los dos tirados en la cama y, literalmente, comiéndonos a besos. Yo procuré ponerme en el lado de la cama más alejado del aire acondicionado, pero es el lado que más le gusta a ella, por lo que hubo una ligera pugna para ver quién se ponía allí. Como las riendas de la relación las llevaba ella, me tumbó en el lado más próximo al aire. Yo, a pesar de estar muy a gusto con Helena, empezaba a tener cierto frío y a notar un incremento de la rigidez de mi zona lumbar. Dado que la situación me había llevado a recibir de forma directa el aire, busqué un refugio al que no le llegara tanto el aire. ¡Y qué mejor refugio que la entrepierna de Helena ¡ Me arrodillé en el suelo, bien a cubierto del aire, y le ofrecí sexo oral a Helena. Sus gemidos y la forma como se auto acariciaba sus órganos sexuales mostraban que no lo hacía del todo mal. Yo estaba complacido, en parte porque veía que mis esfuerzos no eran en balde, pero también porqué allí recogidico, tan metido dentro de ella, mi cuerpo iba entrando en calor. Era como un microclima dentro de la habitación.
    Como podéis entender, entre estar al abrigo del Helena, sintiendo como su excitación aumentaba por instantes y salir al mundo exterior de su habitación, la elección estaba clara. Por mi parte, me hubiera quedado allí agazapado saboreando las partes íntimas de su cuerpo durante todo el tiempo acordado. Pero Helena, siempre pensando en mí, quería devolverme parte del placer que yo le estaba proporcionando. Yo me resistí, pero ella insistió y cuando una mujer como Helena insiste, no sé decir que no. Siguiendo sus indicaciones, me tumbé en la cama, procurando exponerme lo menos posible al azote gélido del aire. Helena dio rienda suelta a su voracidad sexual y en un momento yo me había evadido de todo, de problemas, de deudas, de fríos, de todo. Estaba jadeante, radiante, gozante de todas las dulces sensaciones que Helena me suministraba. Casi a punto de explotar, Helena se colocó encima de mí. Se excusó por darme la espalda y, lentamente, siempre muy lentamente, nos unimos carnalmente. Helena se arqueó hasta que los cuerpos se juntaron. En esta posición, mis manos eran libres de pasear por toda su anatomía y a fe que lo hice. Mis dedos juguetearon con sus pezones, su clítoris, con sus lóbulos. Helena, todavía con el subidón de mi sexo oral, se mostraba receptiva a todo lo que hacía. Sin duda, estaba disfrutando de una de mis mejores actuaciones sexuales.
    En un momento de excitación y de exaltación de sentimientos, Helena me susurró a los oídos una frasecilla: “!Cómo me estás poniendo!”. La última vez que escuché esa frase, las circunstancias eran diferentes, pensé, y eso me llevó inconscientemente a recordar que esta misma frase me la dijo una compañera de trabajo, aunque en un ambiente y en una situación algo diferente, como me vais a permitir que os relate. María, que así se llamaba ella, era una mujer madura, de unos 45 años. Físicamente se podría decir que, a mi semejanza, sus encantos no habían disminuido con la edad. En su caso, dichos encantos había aumentado, mientras que en el mío habían desaparecido… casi antes de nacer yo. Debo reconocer que en realidad, no estaba muy interesado en ella. Estaba mucho más por su madre, que era la llave para flirtear con mi verdadero objeto del deseo que era la nieta de ésta, hija de aquella. Con el tiempo comprendí que esta táctica de ligoteo siempre había dado muy buenos resultados… a las tres mujeres.
    Bueno, yo quedé a cenar con María, mi compañera de curro. Apareció en el viejo restaurante Pantxika con un traje blanco, muy escotado, que no insinuaba, sino que enaltecía sus poderosos pechos. En aquel tiempo, el marisco era mucho más barato que ahora, así que me pude dar el capricho de invitarle a una señora mariscada, en la que descubrí el deleite de comer gambones. Aquel marisco de color rojo no lo había probado en mi vida y me pareció uno de los mayores manjares que nunca había degustado. Reconozco que tras darle el primer bocado, al gambón se entiende, su sabor me cautivó, me obcequé y hasta que no me comí el último de ellos no paré. Entonces fue cuando escuché a María decir: “!Cómo me está poniendo!”. También tenía los ojos vidriosillos, como Helena, y también jadeaba. Pero el tono era algo diferente. Al alzar la mirada me llevé un susto porque creí que María había dejado la mesa y me encontraba compartiendo mantel con Federico Martín Bahamontes. La razón es que el vestido de María ya no era blanco inmaculado, sino que multitud de lunares rojos habían brotado dentro de él, asemejándose notablemente al mailllot del premio de la Montaña del Tour de Francia que tantas veces exhibió el águila de Toledo. No creo conveniente contaros como terminó mi historia con María, ya que es posible que los lectores de este relato (si todavía queda alguno despierto a estas alturas de la historia) podrían pensar que tiendo a no seguir la trama argumental central e irme por las ramas. Nada más lejos de la realidad. Por cierto, que esto me lleva a recordar que al salir del restaurante vimos una rama en el suelo, producto de una pedregada similar a la que cayó la tarde en la que fui a ver Helena, historia central de este relato y que vuelvo a retomar de seguido.
    Bueno, comos iba contando, tanto Helena como yo andábamos como muy excitados. Helena me ofreció entonces cambiar de postura, para lo cuál me agarró de mi pandero y me indicó que giráramos a su izquierda. Allí, con Helena a mi merced, en clara posición fetal, me sentí lo más feliz del mundo. Le tomé con delicadeza sus pechos y nos movimos con rítmico frenesí buscado el punto álgido de nuestro placer. Sin embargo, esta postura tenía el inconveniente de que dejaba toda mi espalda y zona lumbar expuesta al viento glacial del aire acondicionado. Yo me debatía entre disfrutar digitalmente del maravilloso cuerpo de Helena o intentar bien cubrirme mi espalda con lo primero que pillase o, mejor aún, intentar estirar mi brazo para, tanteando, apagar de una vez aquel maligno invento. Pero cada vez que mi mano se separaba del cuerpo de Helena, esta me pedía que no dejara de acariciarla. Más aún, tomaba mi mano y me indicaba los puntos donde debía aplicar mi presión digital. Yo sentía punzadas por todo el cuerpo. Tanto en mi parte dorsal, fruto del entumecimiento de mis músculos, como en mis partes viriles, fruto de un exceso de calor.
    Esta fluctuación térmica no duró mucho. Helena, increíblemente excitada, se movía a una velocidad superior a mi capacidad de aguante. Me introduje muy dentro de su cuerpo y, entre enorme espasmos de placer, me derramé, liberando males, penas y sufrimientos. Me aferré a Helena en clara actitud de agradecimiento por todo lo que me había regalado y nos besamos una vez más.
    Así estuvimos, amarraditos los dos, hasta que me comentó, que si no me importaba, iba a apagar el aire, porque empezaba a tener algo de frío. No quise decir nada, pero fue algo que agradecí notablemente y que, en cierta medida, se podría considerar que me produjo un segundo orgasmo.
    Al vestirme, comprobé que mi tirantez lumbar no había sido un episodio pasajero, sino que iba en aumento. De hecho, casi tuve que atarme los zapatos con radio control. Aquella tarde, y el resto de la semana, la tuve que pasar con una cajas y cajas de voltaren. Aunque, eso sí, nada puede ensombrecer el rato que estuve con Helena y el placer de tener una vez más entre mis brazos a una de las mujeres más preciosas que he conocido en mi vida. ¡Gracias Helena por hacerme creer que soy feliz ¡

    PD. Vuestras alabanzas son las culpables de este ladrillo. Así que, esta vez, pensaros muy mucho en volverme a jalear.


  6. Los Siguientes 5 Usuarios Agradecieron a hipocrit por Este Mensaje:


  7. #4
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    Tiempos aquellos.....

  8. #5
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    como siempre Hipo , GGGGGGGGGUuuuuuuuuuuuuuuuuuaaaaaaaaaaaaaaaaaauuuuu uuuu ,, braaaaavo, Tú eres bueno muy bueno ,... Chico tú vales mucho........ creo que las alabanzas son muy merecidas .. ara ja ets pots poooooooossaaaaaaarrrr vermell ... jjjajaja ..
    MI NUEVA WEB -BLOG http://www.sharaescort.com/


    Cuando un hombre se echa atrás, sólo retrocede de verdad. Una mujer sólo retrocede para coger carrerilla

    …Zsa Zsa Gabor, actriz húngara.

  9. #6
    georgevaldes
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    Gracias por compartir con los novatos
    No me extraña que hables tan bien de el, a ver si aparece, sino…. que le vaya muy bien por donde esté, pero con actitudes positivas, creo que estará de fábula, era el amo.

    Un abrazo

  10. #7
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    La descripción de Robleño no falla....es nuestro Carallo fijo.
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  11. #8
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    Uffff, Ameba..., vaya mito!!!!

  12. #9
    hipocrit
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    Experiencia Ameba

    PAOLA, MI PRIMERA EXPERIENCIA CON UNA TRAVESTI



    CHICA: Paola
    Domiclio: Plaza San Lamberto, 14. Zaragoza.
    Tfno:618834156 (este es el de su compañera Gabriela)
    Precio: 100 euros/hora
    MEDIDAS APROXIMADAS: No sé, no la llegué a ver desnuda del todo
    FECHA EXPERIENCIA: Julio, 2004
    DATOS DESTACABLES: Paola, brasileña, veinteañera, 1'65 altura, pelo negro, melena larga, sexo... descomunal. Lo siento, poco más puedo añadir.
    VALORACION FISICO (1 A 5): 1 (no me gustan las TV)
    VALORACION EXPERIENCIA(1 A 5): 1 (Lamentable)


    No sé como empezar. Decir que, en realidad, no me gustan los TV. Soy hetero total y mis ultimas experiencias habían sido extraordinarias. Pero soy muy curioso y me había comentado de lo maravilloso que era ser follado por una TV. Así que, antes de que abandone este mundillo, tenía que probarlo.

    Yo llamé a Gabriela a raíz de leer información sobre sus virtudes y encantos. De hecho, yo llamé y pregunté por ella y quedé con ella. Pero cuando llego, aparece otra chica: Paola. Entiendo que son compañeras de piso y que la tal Gabriela no está disponible, no puede o no le sale del nabo atenderme.

    Como yo quería una experiencia con un TV para quitarme esta obsesión que tenía en la cabeza, pues como que me daba un poco igual. Le comento que soy primerizo en estas lides y ella, acariciándome el pecho y besándome suavemente en los labios, me comenta que no me preocupe que me tratará con cariño y delicadeza ya que es experta en estos menesteres. Como comprobareis, siempre según mi punto de vista, Paola es, efectivamente, experta .... en espantar a los primerizos.

    Todo comenzó bastante bien. Era un día de mucho calor y el piso es el último.... pero el aire acondicionado hacía que la estancia fuera agradable. Me pide que me desnude, que me lave y yo accedo. Ella se demora bastante en venir y cuando lo hace pone una peli porno de gays. Le pedí por favor que pusiera algo con chicas porque el tema homo como que no. Cambió la peli sin problema.

    Un detalle que no me gustó: en ningún momento se desnudó del todo.Me pidió que me sentase en el borde de la cama. Yo pensé, ahora empieza un francés de muerte. Segunda equivocación. Pues no, se saca el rabo y me dice que se lo coma. Sin perder la calma pensé que simplemente era una especie de prueba de valor a la que me estaba sometiendo. Que si la pasaba, empezaba la fiesta. Así que ni corto ni perezoso ( y al grito interno de “Desperta Ferro”) le comí el nabo con un par. No problemo, mayores marrones me he comido en mi vida (con perdón). De nuevo, ingenuo de mí, creí que al verme que pasaba mi fielato ella me correspondería y el francés sería mutuo. Me equivoqué. Por lo visto, mis suaves lametones no debían ser de su gusto, así que me agarró de la cabeza y me hizo tragar su, por otro lado descomunal, aparato. Yo le miré implorando un poco de por favor, que era la primera vez, que había que ir despacito, que a mi me gustaba la quietud de Curro (cuando se quedaba quieto), que la velocidad de Jesulín no mola, que despacio. Pero ella a lo suyo, a agarrarme el occipital obstinada en que emulara a un tragasables. Hice lo que buenamente pude, que no fue poco, porque en momentos me sentí como la mandíbula se me descoyuntaba, como cuando las serpientes devoran a las ratas en los documentales de la 2.Tras este primer intento de “violación” bucal cambiamos de postura. Me pidió que me quedase con la cabeza colgando fuera de la cama. Ahora, pensé yo, ahora es cuando viene el francés mutuo, de muerte eso sí. Y en esto acerté. Pero no sabía que para ello era necesario que, de nuevo, me tragara hasta la empuñadura la herramienta de la amiguita. Y claro, como ella estaba de pie encima mío (y emperrada como estaba en deshacerme la glotis) no hacía más que empujar de arriba hacia debajo de suerte que pareciamos al picador Quizmondo II, cargando las cuerdas contra un toro de Sayalero y Bandrés (que tienen gran fama de dar un gran juego en la suerte de varas). De nuevo aguanté varios envites hasta que, literalmente, casi me hace vomitar. Tres arcadas tuve. Os juro que en esos momentos (100 kilos, 1’90 cm) estaba a punto de desatarme y me sentí cargando un mol de ingenieros, como si estuviese jugando la final de rugby universitario. Me calmé. Le pedí, le imploré casi, que un poco de por favor. Que no se si me has entendido, pero que es la primera vez, que no estoy acostumbrado a estas brusquedades, que a las buenas son muy bueno, pero a las malas no (esto solo lo pensé).

    Ella me sonrió y me dijo: “Ponte a cuatro patas”.Tenía pocas ganas de hacerlo. Pero, estaba allí para algo y no salía del piso sin saber si valía la pena volver con un TV o no. Me puse a cuatro patas. Ella comenzó a echarme ungüentos y, por primera vez, al introducir su dedo en mi ano experimenté (parcialmente) aquellas sensaciones de las que me había hablado y que me habían prometido. Pero fue para peor. Acto seguido un dolor punzante me indicó que Paola empezaba a taladrarme. Tranquilidad, me dije, es solo un momento, Había hecho catas escatológicas y estaba convencido que un cacharro de 25 cm lo aguantaba si problemas. Esto se va a dilatar, continué conversando conmigo mismo, en cualquier momento y empezaré a disfrutar como un ayyyyyy....... Creo que le quise decir: “por favor Paola, me estás haciendo un poco de daño. Podrías hacerlo con un poco más de delicadeza” que es la traducción del aragonés “ ¡Ayvaaaaaaaaaaaaaaaaaaa! ¡Cagoendiosquemevasadestrozarelculo! Que es en realidad lo que retumbó en la sala. Ella sonrió otra vez. Pero yo ya veía su sonrisa como la de Chuqui o como la de la niña del exorcista cuando dice “pero has visto lo que ha hecho la guarra de tu hija”.

    En esos momentos mi parte juiciosa (esa neurona que dicen que tengo) dio señales de vida y empezó su tarea de convencer al resto de mi cuerpo que qué narices estaba haciendo allí. Aun y todo lo intenté varias veces. Pero terminé desistiendo.Paola, siempre sonriendo, me dijo me quieres follar. Ahora te vas a enterar, le contesté, recordando que los Borggia (maquivelo incluido) tuvieron sus orígenes en Aragón. Ten cuidado, dijo Paola. Sí, y una m...., musité yo y le clavé mis 31 cm (perdón 13 cm. Como se me atasca el teclado cuando tengo que escribir el tamaño de mis partes pudendas) dentro de ella. Paola sintió algo y yo, vengativo, sonreí cual Maquiavelo redivivo. Ella se dio la vuelta y me dijo con cara de circunstancias “Cuando quieras la metes, cariño”. Humillante. Bueno, al menos el trajineo no estuvo mal. Fue mi primer griego.En resumidas cuentas, que mejor me dedico a ir a Susana Planet y dejo el mundo TV para otras personas que sepan apreciarlo mejor. Así que mejor dejo de escribir porque como llevo tres días sin poderme sentar este ladrillo lo tenido que teclear de pie.Vayabueno>>
    Última edición por hipocrit; 28/11/2011 a las 13:41

  13. El Siguiente Usuario Agradeció a hipocrit Por Este Mensaje:


  14. #10
    hipocrit
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    Experiencia Ameba IV


    FECHA DE LA EXPERIENCIA: Octubre, 2006.
    NOMBRE DE LA CHICA: Mikaela
    NOMBRE DE LA AGENCIA: La Villa
    WEB:
    SitiosDeZaragoza.com - Pgina de contactos de zaragoza - boys - scorts - travestis - agencias - sexo de pago
    DIRECCIÓN: Zona de Delicias
    TELÉFONO DE CONTACTO:
    TARIFAS APLICADAS: 80 € 1/2 hora. 120 € 1 hora.
    DETALLES DE LA AGENCIA: Casa reformada en una calle cercana a la Avenida Madrid. Las instalaciones están muy bien, limpias y acogedoras. El trato de las encargadas, además, es excelente.
    ESTADO DE LAS INSTALACIONES: Chachi
    DETALLES DE LA CHICA: Brasileira, Pelo negro ensortijado, mulata, complexión atlética, 1’60 cm., muy simpática y agradable.
    PUNTUACIONES DE LA CHICA: cara MB, físico en general MB, pechos E, pezones E, culito MB, trato E, francés E, trajineo E, implicación E y valoración global genial.
    EXTRAS SEXUALES: besos, algunos hubo. Francés sin, sí.

    Resumen:

    Como estoy siga así y mis experiencias sexuales continúen complicándose, creo que me voy a dejar el mundo del sexo de pago y me voy a dedicar a ser coreógrafo de Teletubbies.

    Relato:

    No soy para nada partidario de celebrar fiestas que no tienen relación con nuestras costumbres. Estoy firmemente convencido de que la tradición cultural española y, en particular, la aragonesa es lo suficientemente rica como para no necesitar importar ritos y fastos que no nos son propios. Por eso, me gustan mucho más los Reyes Magos que Papa Noel, el carnaval de Bielsa que danzar semidesnudos por las calles al son de la batucada o, como el caso que nos va ocupar, prefiero el Tenorio al truco-trato, las velas de difuntos a la calabaza y visitar a mis antepasados en los pueblos donde pasé mi infancia a festejar Halloween. Aunque, todo hay que reconocerlo, esta fiesta resulta mucho más comercial y atractiva que nuestro día de difuntos.
    Por eso, cuando La Villa efectuó la promoción 2x1 para la víspera de Todos los Santos a todo aquel que se presentara en la casa con una calabaza, ni me planteé el ir. Ahora bien, entre que esta anormal primavera que estamos disfrutando en pleno mes de Noviembre me está “levantando” inopinadamente los ánimos, que la oferta era tentadora y que, al fin y al cabo, mis convicciones son todo menos firmes, pues que me animé a ir. Bien pensado, ¿quién era el Tenorio? Pues alguien que practicaba compulsivamente sexo. Entonces, ¿por qué no imitarlo? La única diferencia es que su gracejo, gallardía y su apolínea figura le permitía gozar gratis del sexo, mientras que yo, con los dones que el Señor me ha otorgado, no puedo gozar del sexo si no es previo pago. ¡Y gracias que todavía no me aplican un plus de peligrosidad ! Entonces, me autoconvencí con estos argumentos, y decidí darme un relajo en el trabajo y presentarme en la Villa con una calabaza. Además, aprovechaba que por la tarde tenía que pasar por el urólogo y que éste tiene la consulta en la zona donde se ubica La Villa.

    Necesitaba solventar dos problemas iniciales. El primero el de encontrar la situación de la casa y, el segundo, hallar una tienda suficientemente próxima a esta dirección para comprar una calabaza y no pasear con ella por todo Zaragoza. Para solucionar la primera de las cuestiones busqué la dirección en un callejero y memoricé la ruta más adecuada para llegar desde un punto al que me fuera fácil acceder. En cualquier caso, como hombre prevenido vale por dos, me llevé la PDA con el GPS para no perderme. Decidí pertrecharme con todas las ventajas tecnológicas posibles, por cuanto Las Delicias no es mi por asomo una de zona de Zaragoza por la que me mueva con soltura. Aunque siendo honesto, con soltura, lo que se dice con soltura, hace muchos años que dejé de moverme.

    Con facilidad alcancé la Avenida Madrid y desde allí me propuse llegar hasta la dirección previamente aprendida. Ayudado por mi perspicacia, mi sagacidad y mi sentido de la orientación, veinte minutos después me encontraba en la Estación del AVE con cara de estar profundamente perdido. De hecho, lo estaba. Al llevar el GPS, intenté por segunda vez llegar al punto exacto donde está la casa, esta vez siguiendo sus indicaciones. Pero, la PDA se quedó sin batería al minuto y mi segundo recurso se me fue al garete. Con sumo cuidado, volví al punto inicial y procuré seguir los pasos que había memorizado en la ruta. Para ello, cuando tenía dudas cerraba los ojos intentando visualizar el mapa de Zaragoza que me había estudiado. De esta forma pude llegar, por fin a la calle de marras, aunque en mi camino tuve un par de encontronazos: uno con una farola y otro con una señora de malas pulgas que, tras chocar con ella por ir con los ojos cerrados, se sacudió un bolsazo. Pero, bueno, había conseguido encontrar la calle. Ahora venía la segunda cuestión: encontrar un establecimiento donde comprar una calabaza.
    Como la zona es bastante comercial, supuse que no habría ningún problema en localizar una tienda en donde comprar una de esas calabazas de Halloween. Pues erré o, como mínimo, no tuve el acierto de encontrarla, al menos en primera instancia. Eso supuso que estuviera durante más de 40 minutos buscando una maldita calabaza por todo el barrio de Las Delicias de Zaragoza. Y aunque pregunté en más de una docena de establecimientos o bien acababan de vender la última, o bien se me quedaban amarillos al escucharme. En esto último, es posible que influyera el hecho de que la mayoría de los comercios de la zona están regentados por chinos. En total, que andaba yo cansado, sudado y con el ciruelo con una necesidad de juerga inmediata, por lo que decidí olvidarme de la calabaza e ir directamente a La Villa, aunque eso significara perderme su oferta. No hice más que tomar esta decisión, cuando aparecí delante de una tienda de comestibles con unas calabazas maravillosas. Entré directo a la tienda, tomé la calabaza sin perder un instante y me fui a la caja para pagar con la intención de irme raudo y veloz. Pero, la tienda la llevaban tres senegaleses, con un español poco fluido y menos en léxico relacionado con el mundo agrario. Entonces empezaron a discutir entre ellos. Uno decía algo así como: Jamalamasjla Calabaza, mientras que el otro le contraargumentaba: majilailiasdalilda calabacío. Yo no daba crédito a lo que veía. Creí entender que no sabían el término correcto del producto y, como todo iba con ordenador, no acertaban a decirme el precio de la calabaza, con el consiguiente retraso. La discusión seguía y seguía. Yo, mientras, andaba preocupado no fuera que entrara alguien en la tienda, me viera con la calabaza y descubriera mi condición de forero de sitiosdezaragoza. No ya por mi, sino por el descrédito que ésto podría suponer para el foro. Por tanto, con un ojo atendía a la increscente discusión acerca del tipo exacto de cucurbitácea que los senegaleses llevaban entre boca y con el otro vigilaba la entrada a la tienda. No pudiendo aguantar más la situación, les di 10 euros a los senegaleses y me llevé la calabaza dentro de una bolsa.
    Poco a poco, las cosas se iban encauzando. La cuestión ahora era entrar en La Villa. La primera vez que me acerqué al portal con mi bolsa de calabaza, que llevaba bien apretada a mi cuerpo para que no me delatara, un coche estaba aparcando justo enfrente. Previsiblemente, otro cliente. Entonces para disimular, hice una pasada en falso y me alejé del portal. Di la vuelta a la manzana y a los cinco minutos estaba de nuevo allí. En esta ocasión, eran dos señoras las que estaban en la puerta y no me pareció prudente entrar. Nuevo amago y nueva vuelta a la manzana. Por tercera vez lo intenté, siempre cuidándome muy mucho de que no se viera la calabaza, y, ahora, una madre se puso a limpiarle los mocos a su crío justo enfrente de la puerta. Nuevo intento. Andaba ya por mi cuarta vuelta cuando, muy próximo ya a la entrada, escuché una voz que me decía: ¡podría dejar de incordiar, por favor! Aunque creo que sonó algo así como ¡cagondios el tío de la calabaza, yas a parar de dar vueltas de una p... vez ¡ Ya me han descubierto, pensé, y miré alrededor de mi en busca de la persona que se estaba chivando y delatando mi presencia. No vi a nadie. Entonces me percaté de unos operarios que estaban realizando una mudanza, a los que estaba entorpeciendo sistemáticamente en su labor. Preté a corre y, sin más preámbulos, me fui al portal, llamé y por fin pude entrar.
    Subí las escaleras de dos en dos, no por ansiedad ni porque tuviera un ataque de jovialidad quinceañera, sino porque tropecé en el primer peldaño y casi hasta el final no pude recuperar el equilibrio. Entruve dentro del primer piso de la casa, que es donde están las habitaciones, y la encargada me invito a esperar hasta que pasarán las chicas. Físicamente, la que más me llamó la atención fue Mikaela, aunque no por ninguna razón en especial o, bueno, más correctamente, por sus dos especiales razones. Tras entregar la puñetera calabaza y convenir el precio, por fin pude quedarme a solas con Mikaela, sustraerme de mis problemas y calamidades, y prepararme para disfrutar del goce carnal con su cuerpo.

    Me metí en la ducha. Nunca dejaré de admirar mi rara habilidad para pasar, con un simple toque de la manija reguladora de la temperatura, de relajar el cuerpo con una monumental ducha de agua helada, a escaldarlo a continuación con agua hirviendo. Cuando ya pude regular la temperatura del agua a mi conveniencia, busqué el frasco con el jabón...y el libro de instrucciones para abrirlo. Al no encontrar este último, fue la propia Mikaela la que me indicó la forma de hacerlo. Entonces, tomé un chorretón del líquido del frasco y me lo eché por la cabeza... mientras Miakela me señalaba que no lo hiciera. No entendí el porqué, al menos al principio. Pero, inmediatamente, noté un olorcillo particular, como mentolado, a la vez que un picor insoportable comenzaba a invadir todo mi cuerpo: ¡!!! Me había echado medio frasco de listerine por encima ¡!!! ¡!Y como pica el jodío, sobre todo cuando te alcanza el ciruelo!!
    Tomé la alcachofa de la ducha e intenté aliviar mi dolor, algo que conseguí al cabo de un buen rato... tras la consabida congelación y el posterior achicharramiento por una inapropiada selección de la temperatura del agua.
    Por aquel entonces, empezaba ya yo a estar un poco desganado y me planteé irme antes de que sufriera alguna desgracia gorda allí. Mikaela, mientras, estaba que no daba crédito a lo que había visto. Pero ella, eso sí, muy digna, sin partirse de risa, que era lo que la situación propiciaba. Con sumo cuidado, me acosté en la cama y Mikaela pasó a ocuparse de mi. Y doy fe que lo hizo a las mil maravillas. Me preguntó por donde me había llegado el listerine y me fue sanando los dolores a base de una combinación de besos, lametones y mordisquitos. Por fin me pude relajar y disfrutar de ese espectáculo que es el cuerpo de Mikaela. ¡Y qué delicia sentir el roce de su boca, de su lengua con mi pene ¡ ¡Maravilloso ¡ Tras disfrutar de lo lindo durante un rato, me propuse devolverle la gentileza. Ella aceptó encantada. Se tumbó en la cama, se abrió totalmente de piernas y me ofreció su sexo. Jugué con él a mi antojo. Lo chupé, mordí y lamí como quise. Mikaela estaba realmente complacida. Jadeaba y jugaba animadamente con su cuerpo. Viendo que la situación era propicia, me encomendé a la tarea de conseguir que tuviera un orgasmo, efecto del que mis amantes disfrutan, casi exclusivamente, cuando me voy. Y no me refiero a que cuando yo me corro o tengo mi orgasmo, mis amantes tienen el suyo. No. Lo que quiero decir es que cuando yo me voy, en el sentido de que desparezco, ellas sienten un verdadero estallido de placer. Pero como Mikaela parecía estar por labor, pues me apliqué todo lo que pude y utilicé todo mi repertorio bucal para conseguir que ella disfrutara de un verdadero orgasmo.
    Mikaela seguía estando complacida, movía sus caderas al ritmo de mi boca, respiraba aceleradamente... todo parecía indicar que la explosión estaba cerca. Pero, por más que me esforcé, batallé y luché, durante más de veinte interminables minutos, no pude lograr que llegara al orgasmo. Con la lengua adormecida, la boca con agujetas y la mandíbula toda encharcada por la mezcla de sus jugos y los míos, no tuve más remedio que desistir.

    Mikaela volvió a la acción. Esta vez, sin embargo, introdujo una novedad. Se puso un preservativo en uno de sus dedos y, mientras me practicaba un delicioso francés, me estimulaba la próstata. Por más que intenté retrasarlo, al minuto yacía plácidamente en sus brazos con cara de bobo, de bobo féliz, pero bobo al fin y al cabo.
    En cuanto recobré el aliento, me aseé, me vestí y me marché.
    Mis relatos suelen terminar en este punto. Pero, permitirme que esta vez, y rizando lo que parece difícil de rizar, me extienda un poco más y os comenté como terminé la tarde.

    Os he comentado que esa tarde tenía que pasar por el urólogo. Uno se hace cada vez más mayor y necesita revisar su cuerpo con cierta asiduidad. Dado que la consulta no está muy lejos de La Villa, fui andando chino-chano hacia ella, con una breve parada en el Berlanga, donde aproveché para reponer fuerzas a base de unos buenos torreznos. Mientras comía, noté ciertas molestias en la zona anal, pero no le di mayor trascendencia. LO achaqué a que Mikaela me había realizado un trabajo digital por esas partes y, por tanto, el escozor era meramente transitorio. A pesar de que estas molestias perduraron en todo mi camino hacia la consulta, tampoco le di una gran relevancia. Si era algo importante, el propio doctor me lo diría. Una vez en la consulta, el médico tomó los resultados de los análisis que me había ordenado hacer y, después, me hizo una pequeña exploración. Entonces, me suelta de buenas a primeras: ¡Te lo has pasado bien, eh ¡ Tengo cierta confianza con él, pero sólo cierta, por lo que este comentario me cortó un poco y sólo pude emitir una sonrisa bobalicona que, en cierto modo, asentía a lo dicho por mi médico . El doctor insistió, ¡Se ve que has disfrutado, eh pillín ¡ Esta vez, le comenté que no alcanzaba a entender por qué me hacía este tipo de comentarios. Por esto, me replicó, y con un leve estiró sacó de lo más profundo de mi ser uno de los preservativos que Mikaela había utilizado. No supe que contestarle. Por un momento, pensé en decirle que no sabía como aquello había podido ir a parar allí, pero entendí que todo lo que no fuera un buen silencio me haría quedar en una situación todavía más bochornosa.

    En fin, como veis, un día completito.

    PD. Ya disculpareis los seguros errores que he cometido en el relato, pero no he tenido tiempo ni de repasarlo.
    Última edición por hipocrit; 28/11/2011 a las 13:47

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