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    Junior
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    04 jul, 11
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    El sueño de una tarde de verano...

    Era verano en Sevilla, uno de esos veranos llenos de luz y de calor... Pero recuerdo que aquella tarde no era especialmente calurosa. Sevilla estaba llena de luz, eso sí, sus avenidas rebosaban de verde, el verde de sus arbolados que se cimbreaban al compás del viento. También el río parecía cimbrearse al amor de la brisa aquella tarde...
    Sevilla es una ciudad alegre por definición, eso está claro, y no sólo por su luz, o por la música que parece brotar de sus entrañas, sino también por la música que por todas partes esparce la voz y el acento tan peculiar de sus mujeres... Ay, sus mujeres, tal vez sea lo mejor que tenga Sevilla, entre sus muchas maravillas (discúlpese la mala rima, es que inconscientemente evoqué las palabras de aquel Sumo Pontífice que dijera: qué maravilla, el Papa está en Sevilla) Y entre tantas voces maravillosas, tantas risas, tantas y tan ricas modulaciones de la voz musical, descubro que el calor deja al descubierto partes del cuerpo de esas lindas muchachas que hacen que uno desvíe su mirada empujado por una fuerza imposible de contener, al menos es mi caso...
    La mirada sube rodillas arriba hasta detenerse en la prenda correspondiente, sea minifalda, sea pantalón corto.
    Detenida la mirada, la imaginación continúa la labor de aquélla hasta llegar a los rincones más íntimos e insospechados del cuerpo de tales diosas del amor, rincones que suponen una explosión, en este caso imaginaria, para todos los sentidos, encendiendo el deseo hasta extremos insospechados que quizás no sea necesario detallar aquí.
    Todo esto, que siempre fue así, cobraba para mí una dimensión especial al inicio de aquella tarde. Acababa de despedir a alguien muy especial, con quien acababa de pasar días muy intensos, alguien a quien echaría de menos, sin duda alguna...
    Sentía una especial melancolía que acrecentaba todas aquellas sensaciones. Era como si una enorme lente multiplicara por varios enteros esas sensaciones...
    Todavía recuerdo que vi a aquella mujer a la que tanto quiero alejarse, hasta convertirse en un punto perdido en el anonimato de cientos, de miles de puntos, aparentemente idénticos... Y cuando ya no pude distinguirla noté que algunas lágrimas habían brotado de mis ojos y me hacían borroso el entorno. Tal vez esa lente fueran mis lágrimas, no lo recuerdo, las que magnificaban todo a mi alrededor, una vez que me vi solo. Me sentí otra vez solo, una vez que ella ya no estaba, terriblemente solo...
    Y me dije que algo tendría que hacer. Debía coger el coche y largarme de allí que ya eran horas, al fin y al cabo a mí en Sevilla nada se me había perdido aquella tarde, a pesar de que la ciudad tomaba para mí una valoración sobredimensionada por la nostalgia y por la melancolía...
    Debía irme, sí, debía irme, pero me sentía cansado y somnoliento. Seguramente era la maldita pastilla que el médico me había recetado para cierto dolor... No podia irme así, no podía conducir en ese estado. Decidí entrar en una cafetería de la estación, de aire moderno y desenfadado, para tomarme algo, un café o algo así a ver si me animaba un poco...
    Me senté, comencé a recordar, pedí mi café, seguí recordando, el café está muy caliente, tengo sueño, pero el café se enfría lo suficiente como para empezar a tomarlo y parece que una ola de frescor me invade... Ya soy un poco más persona.
    Miro a mi alredecor, varias chicas de unos veintitantos años, algunas con faldas que se transparentan a la luz dejando entrever unas nalgas firmes, un tanga que las realza, unos muslos dorados por el sol...
    De nuevo unas lágrimas quieren manar de mis ojos pero esta vez no lo permito, no...
    Delante de mí hay alguien, en otra mesa... Una mujer joven de unos cuarenta años, parece observarme, como si olfateara con su intuición mi soledad y mi aspecto desvalido... La miro sosteniendo la mirada, ella hace lo propio, sonrío, ella sonríe también, o eso creo, porque tengo sueño, he dormido poco la noche anterior, la maldita pastilla y el café que no me hace nada de efecto... Observo su rostro, relativamente redondeado, moreno, sus ojos rasgados, labios no especialmente llamativos, pero muy sensuales, ojos claros, castaño claros, sin llegar a ser verdes ni azules...Lleva un vestido marrón claro, de tirantes, que deja al descubierto sus brazos, la parte superior de su pecho y parte de su espalda. Desde luego es mujer de curvas y pechos grandes, sus brazos se adivinan carnosos...
    Y yo, sin darme cuenta, ya la voy desnudando con la mirada, imagino sus pechos grandes... su vientre, sus caderas. Mi imaginación aquí se ve ayudada por su pantaloncito corto que deja al descubierto unos muslos firmes, grandes, unas caderas relativamente anchas... y mi imaginación se pierde entre sus piernas, en busca de sus rincones más escondidos, de sus selvas más pobladas, del misterio de sus nalgas y de lo que entre ellas se oculta...
    Le sonrío, me sonríe... quisiera preguntarle algo, la hora o lo que sea, cómo se llama, invitarla a algo, no sé, con intenciones de lo más sano, sí, porque ese viaje lujurioso que mi imaginación hace por su cuerpo debe quedar entre mi imaginación y yo, debe permanecer en secreto, debe no contarse nunca a esa mujer que enciende mi amor y mi deseo... Quien sabe, de aquí puede salir algo especial, pienso, no debo estropearlo con el deseo que me enciende como si de un baño de agua caliente se tratase...
    Me voy a levantar para decirle algo, mi estrategia ya está perfilada, pero, maldito sueño, necesito irme a dormir la siesta como sea, no, maldición, he de levantarme primero para decirle algo, después ya arreglaré lo de la siesta, pero he de hacerlo rápido, antes de que se levante y se vaya... lo veo todo borroso, no sé qué me pasa, mi cabeza se cae, me estoy quedando dormido sobre la mesa, no debo, por favor, levántate, no puedo, por favor...
    Levanto la cabeza de pronto, no sé donde estoy, a mi alrededor todo ha cambiado, ya no están las chicas de las minifaldas transparentes, ya las voces son otras ya... ya la chica de la sonrisa, la de los muslos, la de las nalgas, la que oculta rincones mágicos por su cuerpo, la de los pechos generosos, la de las curvas pronunciadas, la mujer perfecta, mi tipo... Ya no está.
    Mi rostro cambia de expresión... casi doy un puñetazo en la mesa. Cuidado, estás en lugar público, a ver si te vas a ver en problemas... Esta conciencia mía no deja de interpelarme cada dos por tres, será la conciencia o sere yo mismo que...
    -Se fue, te has quedado dormido, eres tonto, para una vez que puedes ligarte a una tía como esa... sea para cama unicamente o para algo más que cama, da igual, la cosa era interesante.
    -Pero me he quedado dormido, fue la maldita pastilla y el no dormir, he sido un gilipollas, como siempre, he hecho el tonto como toda mi vida...
    A mi alrededor miro. El café a medias. Lo termino de dos tragos y reparo en algo que hay en la esquina de mi mesa: hay un cartoncito con forma rectangular. Lo tomo con mi mano derecha, es una tarjeta. Antes no estaba, eso seguro, y además lo han dejado en la esquina de mi mesa que da a la pared, como para asegurarse de que nadie se lo llevará...
    -Oh, Dios mío, mira lo que pone...
    -Sí, parece mucha coincidencia, ¿será ella?
    -Lee, lee en voz baja, lee:
    Y leo, que para eso mi alter ego me pide que lea:
    AURORA ESCORT 563465069
    -Mira por detrás:
    -Cariño, esa sonrisa lo merece todo, ven a verme esta tarde cuando te despiertes, te espero, quiero ser el más feliz de tus sueños...
    Era una letra manuscrita que alguien había escrito para mí, sin duda era ella, era la chica de la mesa. Si algo de somnolencia restaba en mí había desaparecido, ahora mi mano, la que sostenía la tarjeta, temblaba. La otra mano ya buscaba mi teléfono móvil en mi bolsillo, intentando nerviosamente llegar hasta él, pues todo se interponía en su camino: llaves, más llaves, cartera, y una dureza que emergía desde mi cuerpo formando un bulto extraño en mi pantalón...
    Y saqué el teléfono...
    -¿Llamo?
    -¡Pues claro, hombre!
    -Pero me da reparo por si...
    -Pero con llamar no pierdes nada, hombre, si no te da buen rollo no vas y punto...
    .......
    -¿Hola?
    -Hola, yo... llamaba por...
    -¿ya te despertaste? Bien, cariño, seguro que soñastes conmigo... -su acento argentino me embriagó por completo los sentidos, si ya no lo estaban- vos tenés esa linda sonrisa, quiero verla de cerca, andá, vení
    -Bueno, sí, ¿donde vives?
    .......
    Paseábame pues yo, no por la ciudad de Granada, como aquél rey moro del romance, sino por una lujosa avenida de Sevilla, supongo que con el mismo nerviosismo que el monarca del agonizante reino Nazarí, éste porque, según reza el romance, perdiera a manos de cristianos de braveza la plaza de Alhama, yo por encontrarme con aquella mujer, motivos distintos evidentemente pero que sin duda provocaban un nerviosismo parecido...
    Cuando la vi de cerca mi sonrisa se cruzó con la suya, sus ojos claros con los míos, mi alma con su alma... Dos besos, de presentación, suficientes para sentir el aroma femenino de su piel, suficientes para enervarme el alma, para rendirme a sus pies...
    Pasamos a una habitación acogedora, con una cama muy grande, un ordenador en una mesilla, con música a no muy alto volumen, a la izquierda otra mesilla llena de objetos... Me ofreció una bebida, saqué nerviosamente de mi cartera el dinero acordado, se lo di, me duché rapida pero intensamente, y al salir la abracé y me besó en la boca. Sus labios se mezclaron con mis labios, mi lengua con la suya, en una entrega generosa por los dos. Entonces comencé a susurrarle al oído las palabras más bonitas que recordaba, al tiempo que su voz conquistaba mi cuerpo y mi alma. Mis besos, tiernos, pequeños, llenos de sentir, cubrieron su cara, sus orejas, su cuello, y volvieron a sus labios para besarlos del todo. Me aparté un momento, miré su cuerpo desnudo, acaricié su espalda y le dije:
    -Qué bonita eres, me gustas mucho, ¿sabes? Eres encantadora...
    Su sonrisa se iluminó con un suspiro...
    -Me gustó tu sonrisa, parecés buena persona, quería que vinieras hoy, porque hoy es un día muy especial para mí...
    -¿Porqué, cielo?
    -A su debido tiempo lo sabrás, amor, ahora olvidemos eso...
    Ay que voz, ay ese acento argentino, ay que voz, Dios mío, qué sensualidad, que juro que si muerto me hubiera, su sola presencia me levantara.
    De nuevo nuestros labios se encuentran encendidos de pasión, nuestros cuerpos se rozan, nuestros muslos se entrecruzan, y yo acaricio sus nalgas, objeto de deseo, su espalda, y bajo hasta sus pechos que beso con no menos pasión que su boca. Mis manos recorren ahora todo su cuerpo, nuestras sonrisas no dejan de encontrarse, mis labios bajan hasta su vientre, donde nace su monte de venus, no depilado, pero con un vello cortito, cuidado y nada desordenado. Hundo mis labios en su sexo, la oigo estremecer, aspiro su aroma a mujer, un aroma que va inundando la habitación sin yo darme cuenta. Mi lengua recorre ahora todo su sexo, desde su clítoris hasta la entrada de su vagina. Mi lengua se introduce en su vagina, suspira, se mueve, sus caderas se agitan ritmicamente hacia arriba y hacia abajo...
    -Besaré tu sexo como acabo de besar tu boca...
    -Sí, sí, hazlo...
    Y lo hago, los labios de su sexo parecen acariciar con pasión los labios de mi boca, mi lengua roza su clítoris, la entrada de su vagina, los labios mayores y menores, su vello..., y ella comienza a estremecerse, a moverse más aún, su sexo húmedo, muy húmedo, abro sus nalgas, continúo bajando, mi lengua serpentea entre sus nalgas, roza el botoncito de su culo, aprieta un poco, sigue estremeciéndose...
    -Vos sos tan lindo...
    -No, cielo, eres tú, mi amor...
    -Sigue...
    -Sí..
    -Así...
    -Mi amor...
    -Cariño, ¿estás bien?
    -Nunca mejor estuve, cielo
    Entonces me dice que suba, me abraza, nuestros labios se encuentran de nuevo y nuestras lenguas comienzan su peculiar batalla...
    Me tumba boca arriba, me monta, literalmente me monta...
    -Vos sos mi potro... vos sos mi potro...
    Su respiración se agita, los suspiros pasan a gemidos y éstos suben en intensidad. Se mueve, se mueve, literalmente me cabalga...
    -Cabálgame, Aurora, por Dios cabálgame...
    -Sí, sí...
    Pasan los minutos, los gemidos ya son gritos, se adivina en ella el estertor del orgasmo, un grito más fuerte, unos gemidos que bajan en intensidad...
    -No habés terminado...
    -No importa, he sentido muchísimo...
    -Vení, ahora verás...
    Comienza a succionarme el sexo con su boca, al tiempo que sus manos me acarician toda la zona testicular y perineal... Su lengua sube y baja, su boca traga mi sexo duro, me lame toda la zona, sus manos agitan mi sexo con intensidad creciente...
    Entonces le digo:
    -Ven, ven, por favor, ven...
    De nuevo la beso con intensidad, sus pechos, su espalda, su sexo, sus nalgas, el misterio que entre ellas se esconde... se tumba boca abajo, me echo sobre ella y mi sexo se introduce entre sus nalgas hasta encontrar el misterio de su sexo húmedo...y el canal, el canal del amor por donde me deslizo ahora, sintiendo su ser, su cuerpo, rozando mi sexo con cada embestida, los tejidos húmedos de su vagina rozan mi pene... deliro, creo delirar al menos, renuevo la fuerza de mis embestidas, ella la de sus gemidos, me pide que me vacíe dentro de ella, así una y otra vez y, ahora sí, yo me derramo, siento que mis entrañas se deshacen, siento que me vacío por dentro, me siento morir, ay si la muerte fuera así de dulce, no me importaría morir en ese instante, sintiéndome feliz, eterno, elevado al mismo cielo por mi compañera, una compañera a la que amo, porque si no la amara no podría sentir lo que siento, no podría estar con ella... No es mi pareja, no se va a casar conmigo, pero la amo, porque puede amarse durante el sexo, porque encuentros como éste me confirman que no es tanta la diferencia entre el amor y el sexo... Al menos así yo lo veo, porque he amado a todas las mujeres con las que he tenido sexo, eso puedo asegurarlo... ¿a todas? Bueno, a todas a todas no, a todas menos a una, pero esa una es un caso aparte que no merece empañar la magia de esta historia y que por ello aquí omitiré...
    Me vacío dentro de ella una y otra vez, y siento como si ella también se vaciara otras tantas. Los gemidos, los suspiros, los momentos de calma después de el fragor de la batalla... Sí, me veo también echado junto a ella, mirándonos tiernamente, sonriéndonos, acariciándonos, hablando relajadamente de nuestras cosas...
    -¿Tienes hijos?
    -¿Estás casado?
    -¿Qué edad tienen?
    -¡Qué bonito!
    -Anda, ¿Me cuentas lo del día especial?
    -...
    -¿todavía no?
    Y pasan las horas, pasa la tarde, porque aquella fue una tarde de amor, una tarde de mucho amor, de mucho darse y entregarse. Por mi parte y por la suya. En la plenitud del orgasmo, palabras desvariadas, su voz se quiebra, su acento argentino se rompe, sus gemidos entrecortan las palabras, supongo que otro tanto a mí me pasa...
    Allí hay una escort que contrató una hora y ya van tres, porque nadie se acordó del reloj, nadie se acordó de nada más que de amar...
    Palabras fuertes, producto de la excitación, excitación como nunca... hasta -lo que nunca me habían hecho ni yo jamás había pedido- una lluvia dorada como colofón, que me supo a gloria bendita, lo que yo jamás sospechara fuera a ocurrirme...
    La despedida, la despedida siempre es triste. Había tenido ese día ya una, y quedé bastante tocado de ella. Ahora llegaba otra. Habían sido tres horas y media de placer y amor, pero ¿Qué son tres horas y media en la inmensidad del cosmos? Un hola y un adiós...
    Una ducha, un vestirse que se prolongaba, dos amantes que no quieren romper su magia con la despedida, unos ojos llorosos...
    -Pero, Aurora, ¿Podré verte otro día?
    -Sí, mi amor...
    -No lo dices muy convencida, ¿Qué pasa? ¿He hecho algo que te ha desagradado?
    -No, mi amor, no, sos el mejor amante que he tenido...
    -Ah, pero oye, ¿no me dijiste porqué hoy era un día tan especial...?
    -Dejálo, cariño, no tiene importancia en realidad...
    -Anda, venga, dímelo, ¿Qué hace de hoy un día tan especial?
    Se quedó parada, un instante, me miró, con sus ojos invadió mi alma hasta el último rincón de ella, como descubriendo todos mis secretos por íntimos que parecieran...
    -Bueno, te lo diré porque si no no vivís más con la curiosidad. Andá, curioso, curioso...
    Su expresión se torna ahora más seria...
    -No sos para mí cualquier cliente, te debo una explicación, no puedo dar la espantada y dejarte así...
    -¿Qué clase de espantada? ¿De qué hablas?
    -Vení, mirá...
    De su armario, el mismo armario blanco donde antes guardó el dinero, saca un joyero, lo abre, extrae de su interior una cajita con un anillo, el anillo lleva un diamante en su parte superior, parece de oro...
    -Un anillo...
    -Un anillo de compromiso.
    -¿Qué? -pregunto atónito-
    -Sí, mi amor, mañana voy a casarme. No creas que para mí es fácil explicar lo que siento... Vos sos mi úitimo cliente, mi prometido no sabe nada de mi doble vida. Lo amo con todas mis entrañas, pero como también amo mi profesión, porque a ella me dedico libre y voluntariamente, me prometí a mí misma seguir así hasta el día de mi boda. Sé que quizás no hago bien pero... no era capaz de dejar esto, no sé porqué, pero no era capaz. Me propuse una y mil veces dejarlo, pero no era capaz... Mi prometido nada sabe, él cree que trabajo aquí en una multinacional como asesora de imagen, y es verdad que así fue en tiempos, pero dejé esa profesión porque la vida de escort me atraía muchísimo más... Él vive en Cádiz, nos vemos los fines de semana, y nada sabe. Pero ahora he de dejarlo, y hoy es mi último día, y vos sos mi último cliente, mi último y el mejor, el que me trató como una reina, el que me hizo sentir mujer más querida y respetada, gracias a vos voy a sentir más nostalgia todavía de esta profesión...
    Sus ojos se humedecían, los míos también...
    Besos, abrazos...
    No importan los detalles... Tan solo diré que me fui de allí cabizbajo, que regresé a la cafetería donde la conocí, me senté a la misma mesa y esperé que apareciera de nuevo por allí con su sonrisa -quimeras de niño que aún conservo-, pero que no apareció obviamente. Era de noche y las minifaldas de las muchachas eran transparentes de nuevo, ahora gracias a la luz artificial... tangas, nalgas, muslos de modelo, risas, acento andaluz... ay el acento andaluz... ay Sevilla, ay mi Sevilla querida, que me lleven hasta aquí cuando muera y mi alma vague eternamente a las orillas del Guadalquivir...
    En medio de estos desvaríos saqué mi cartera para pagar la bebida que me acababa de tomar y... oh, sorpresa, allí estaba el dinero, el dinero que había sacado del cajero para pagar a Aurora...
    -Pero ¿como?, yo se lo di... juro que se lo di...
    Y ella me lo habia devuelto mientras me duchaba o...
    -¿es que habrá sido un sueño?
    No, no había sido un sueño...
    -señor, ¿Se encuentra bien?
    -Sí, sí, perdone, aquí tiene, quédese con el cambio...
    -No, si es que yo ya lo vi a usté esta tarde que se quedó dormido, y ahora me pareció de nuevo que no se encontraba bien, perdone...
    -No, gracias, estoy bien, muy bien...
    ............
    ............
    ............
    Dejemos mi rastro perderse como el de tantas vidas anónimas, que eso y no más es mi existencia, sin que por otra parte yo desee cosa distinta...
    Y pudo serlo, pero yo no quise saltar a la fama de cualquier programa basura de esos que tanto abundan hoy en día...
    Una tarde lluviosa de Invierno recibí una llamada de alguien que parecía conocerme.
    -Señor, señor, buenas tardes, perdone que lo moleste -tenía acento sevillano, qué extraño, hacía años que no iba por Sevilla, no tenía ni idea de quien fuese-
    -¿quien es?
    -¿Podría usted encender el televisor?
    -Pues no, no puedo, por lo menos podría usted ser más educado y decirme quien es...
    -Llamo de una agencia periodística... -omito el nombre porque quiero y porque no puedo darlo, pues no lo recuerdo-
    -¿Qué desea?
    Era increíble, me pedía sintonizar determinado canal, aquél tipo parecía tomarse una confianza que no le había sido dada. Aquello empezaba a incomodarme y ya iba a decirle cuatro cosas y colgar...
    Pero algo me detuvo, algo en mi inconsciente que no sé que era, algo que no puedo explicar...
    Y sintonicé ese canal...
    Y casi se me cae el teléfono de la mano...
    Un conocido periodista interrogaba a cara de perro a una mujer...
    -¿Reconoce a esa mujer? Usted tiene que conocerla, seguro...
    Iba a decir que sí, pero de nuevo algo me detuvo, en este caso me enmudeció...
    La chica, con los ojos humedecidos, o al menos eso me pareció, negaba vehementemente... ¡haberse dedicado a la prostitución!
    -Dios mío... Aurora...
    Afortunadamente esas palabras no llegaron a salir de mi boca, y el tipo del otro lado del teléfono no las escuchó...
    -Podríamos ofrecerle una buena suma si...
    Estuve a punto de estallar en cólera e insultar a aquél tipo, ponerlo verde, ponerlo, como se suele decir, a caer de un burro, ponerlo de hoja de perejil, y acabar colgando violentamente, aunque el teléfono saltara hecho añicos por los aires...
    Pero de nuevo algo me impidió hacerlo...
    Con cuidado, como temiendo ser delatado por alguna fuerza misteriosa, o por algun sistema oculto de vigilancia, acerqué el auricular al aparato separándolo cuidadosamente de mi oreja, y con la mayor de las precauciones, como temiendo alertar a alguien, como temiendo que el periodista agresivo de la televisión fuera a advertir mi presencia al otro lado de la pantalla, deposité el auricular silenciosamente...
    Así evité que nadie pudiera dar a mi furia cualquier interpretación...
    Aquella tarde lloré amargamente por Aurora... Nada había vuelto a saber de ella, ni siquiera si ella o su matrimonio había sido feliz. Recuerdo que mis últimas palabras hacia ella habían sido:
    -Que seas feliz...
    Y yo la veía ahora sometida al juicio público, sometida a la verguenza y al escarnio de un periodista sin dignidad ni escrúpulos, descubriéndole su pasado, sin duda alertado por algún antiguo cliente con todavía menos escrúpulos y dignidad.
    -Ay Aurora, yo todavía te recuerdo con mucho cariño, porque te dedicaste a una profesión que una sociedad hipócrita maldice en lugar de valorar como a cualquier otra, que la indignidad no está en la profesión, sino en el alma, en la persona...
    y el honor se lleva dentro, donde nadie tiene derecho a escarbar, y el pasado de una persona solo es propiedad de ella y de nadie más, y solo ella tiene derecho a revelarlo o no...
    Oh, mercaderes sin escrúpulos que vinísteis a tentarme, oh estafadores de conciencias, oh asesinos de almas, si alguna capacidad tengo para maldeciros ¡yo, aquí y ahora, os maldigo con toda mi alma!
    Y, Aurora, probablemente nada pueda yo hacer por ti en estos momentos, tú, alma generosa, que devolviste tu dinero a mi cartera. Yo, mi vida, mi amor, yo te juro que te daré la mejor de las ofrendas que ahora pueda darte, y que es mi silencio. Sí, mi silencio, mi silencio será tu arma contra los homicidas que te acosan...
    No sé si me recuerdas, no sé si recuerdas mi sonrisa, Aurora, pero yo te juro que antes me maten que yo hablar...
    Imagino algún traidor que reveló algo que solo a ti pertenece, imagino un marido al que amabas y que no supo valorarte ni comprenderte, te imagino sola, sola en el mundo... sin amparo, tan sola como yo...
    Y yo aquí, con mi boca sellada por el silencio, el silencio que te debo, el silencio que mi corazón te entrega como prueba indeleble de mi amor y mi recuerdo...
    Y, en tu homenaje, cuento esta historia, con nombres, fechas y datos cambiados para que sirva de ejemplo sin violar ese silencio...
    Ay, Aurora, Aurora...
    Que seas feliz...
    FIN

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