Orgía: sangre en la mesa del velador | Revista Intemperie



“Este hombre que les habla colgado de una soga, con el pescuezo roto y frío ya, ha sido lo que se dice un hombre como todos los demás. No ha sido ni un poeta ni un loco, ni un miserable ni un drogado. Y ha estado, como todos los demás, de parte del poder (del poder que uno tiene, o del que tan solo participa: no tiene importancia)”. Con este monólogo comienza la obra: es un hombre muerto que va a contar cómo es que ha logrado “hacer un buen uso de la muerte”, cómo es su tragedia. En siete cuadros sucesivos, mostrará la relación con su mujer, marcada por la dominación sobre los cuerpos, el hastío de la vida, y la pulsión de muerte.

Orgía fue escrita en 1968 y fue el comienzo del ciclo final de creación de Pasolini. Es parte de un proyecto de seis tragedias, entre las cuales se incluyen Pilade, Affabulazione, Porcile, Calderón y Bestia da stile. Estas obras, como señala la crítica italiana Carla Matteini, tienen en común una necesidad imperiosa de meterse en la dualidad humana, en el yo sufriente y dividido, desde los opuestos aparentes de sueño y realidad, normalidad y rareza, tradición y modernidad, religiosidad y consumismo.

En Orgía, la oposición básica entre hombre y mujer da espacio a la dicotomía entre amor y muerte, que se disuelve en la destrucción y degradación, sadismo y masoquismo: el cuerpo herido que padece una angustia moral insuperable. La obra se construye como una gran metáfora sobre los mecanismos de sumisión de los cuerpos en la sociedad occidental contemporánea.

Orgia puede considerarse un antecedente directo de Saló o los 120 días de Gomorra, la última película de Pasolini, que logra un retrato de la crueldad y la miseria humana, la sed de poder y de sometimiento del cuerpo del prójimo.. Y también puede verse como una variante más radical de Teorema, la película en que realiza una crítica a la la burguesía como clase social que lleva al estancamiento cultural y a la muerte del deseo por la falta de sentimientos reales.


Esta radicalidad también está presente en Orgía, y se suma a una revolucionaria propuesta escénica: Pasolini crea el “Teatro de la Palabra”, según lo denominó en un manifiesto escrito también 1968, en el cual, como en el teatro ateniense, hay casi total falta de acción escénica; se opone al teatro “de charla” y “del Gesto o del Grito”, hechos para entretener o polemizar; propone, en su lugar, el despojo total de la puesta en escena. El director, Cristián Marambio, tiene muy claro estos principios, que son además los que conducen a la comprensión cabal de la obra, que tiene muchísimas capas de profundidad. “Es pura contracultura, la pugna entre lo cultural y lo natural se muestran en una lucha de dimensiones éticas y políticas”, señala. “Hemos hecho varias operaciones actorales para que, además de las evidentes pulsiones sexuales, aparezca los contenidos menos evidentes, poéticos y políticos, lo que se logra al modificar las reacciones, y sobre todo dejar que el texto se muestre por sí mismo”.