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    Cuello de botella codd. Lo aporreas, lo mamas, lo sorbes o lo rechazas. "Literótica".

    XII LA CONFESION DE SIMONA Y LA MISA DE SIR EDMOND.

    No es díficil imaginar mi estupor cuando ví que Simona se instalaba, arrodillándose, en la guarida del lúgubre confesor. Mientras ella, se confesaba, yo esperaba con interés extraordinanario lo que resultaría de un gesto tan imprevisto. Supuse que el sórdido personaje se precipitaría de su caja para flagelar a la impía. Me dispuese a tirar y golpear al horrible fantasma, pero no sucedió nada: el confesionario permaneció cerrado y Simona no cesaba de hablar ante la ventana enrejada.

    Empecé a cambiar miradas interrogantes con Sir Edmond, pero las cosas empezaron a aclararse poco a poco. Simona empezó a tocarse los muslos, a mover las piernas, mantenía una rodilla sobre el reclinatorio, avanzaba un pie delante, mientras continuaba en voz baja su confesión. Me pareció que se masturbaba.

    Me acerqué suavemente a su lado para descubrir lo que pasaba, en efecto, Simona se estaba masturbando con el rostro pegado a la reja, cerca de la cabeza del sacerdote, con los miembros tensos, los muslos separados, los dedos metidos dentro de la vagina, podía tocarla y le agarré el culo un instante. Entonces oí claramente que decía:

    -Padre, aún no le he dicho lo más grave.

    Siguió un momento de silencio.

    -Lo más grave, padre, es que me estoy masturbando mientras me confieso.

    Nuevos murmullos en el interior, y por fin en voz alta y clara:

    -Si no lo cree, se lo muestro.

    Se levantó, abrió un muslo frente al ojo de la garita, masturbándose con mano rápida y segura.

    -Entonces, padre, que hace en la barraca, gritó Simona, golpeando con fuerza el confesionario. ¡¡¡¿Qué hace en la barraca.....?????!!!!! ...¿también se toca.....?

    Pero del confesionario no salió ningún sonido, alguna palabra.

    - ¿ Abro entonces ?

    Y Simona abrió la puertecilla.

    En el interior, el visionario, de pie, con la cabeza baja y secándose una frente perlada, repugnantemente perlada de sudor. La joven hurgó por debajo de la sótana, el cura no se movió. Levantó la inmunda falda negra y sacó la larga verga rosada y dura... el cura sólo echó la cabeza hacia atrás con un gesto y un silbido. No impidió que Simona se metiera esa bestialidad en la boca y la mamara con furor.

    Sir Edmond, y yo, estupefactos, permanecimos inmóviles. La admiración me clavaba en mi sitio, no supe qué hacer hasta que el enigmático inglés se adelantó con resolución al confesionario y con delicadeza apartó a Simona de allí; tomó a la larva de la mano y la sacó de su agujero extendiéndola brutalmente sobre las baldosas, a nuestros pies: el inmundo sacerdote yacía como cadáver, con los dientes contra el suelo, sin gritar. Lo llevamos a cuestas hasta la sacristía.

    Permanecía desbraguetado, con la pinga colgando, el rostro lívido y cubierto de sudor, sin resistir, y respirando con trabajo, lo instalamos en un gran sillón cde madera con formas arquitectónicas.

    - Señores, balbuceaba lacrimoso el miserable, no soy un hipócrita.

    - No, contesto Sir Edmond, con un tono categórico.

    Simona le preguntó:

    - ¿Cómo te llamas?

    - Don Aminado, respondió el cura.

    Simona abofeteó a la carroña sacerdotal, haciéndola tambalear. Luego la despojó totalmente de sus vestiduras, sobre las que Simona, acuclillada, orinó como una perra. Luego lo masturbó y se la mamó, mientras yo orinaba sobre su nariz. Al llegar al colmo de la excitación, a sangre fría enculé a Simona que manaba con furor.

    Sir Edmond contemplaba la escena con su característica expresión de "hard labour" (sic), inspeccionó con cuidado la habitación donde nos habíamos refugiado. Descubrió una llavecita colgada de un clavo.

    - ¿ De dónde es esta llave ?, le preguntó a Don Aminado.

    Por la expresión de terror que contrajo el rostro del sacerdote, Sir Edmond reconoció la llave del Tabernáculo.

    Al cabo de un instante regresó, trayendo un copón de oro, de estilo recargado, de muchos angelotes desnudos como amorcillos. El infeliz sacerdote miraba fijamente el receptáculo de las hostias consagradas en el suelo y su hermoso rostro de idiota, alterado por las dentelladas y los lenguetazos con que Simona flagelaba su verga, se había puesto a jadear.

    Sir Edmond había atrancado la puerta.... buscando en los armarios, encontró un gran caliz. Nos pidió que por un momento le dejáramos al miserable.

    - Mire, le dijo Simona, las hostias están en el copón y en el cáliz se echa vino blanco.

    - Huele a semen, dijo ella, olisqueando las hostias.

    - Así es, asintió Sir Edmond, como ves, las hostias no son otra cosa que el esperma de Cristo bajo la forma de galletitas blancas. En cuanto al vino que se pone en el caliz, los eclesiásticos dicen que es la sangre de Cristo, pero es evidente que se equivocan. Si de verdad fuera la sangre, beberían vino tinto, pero como sólo beben vino blanco, demuestran que en el fondo de su corazón saben bien que es orina.

    La lucidez de esa demostración era convincente: Simona, sin más explicaciones, agarró el cáliz y yo el copón, y nos dirigimos a Don Aminado, que inerte en su sillón, se agitaba apenas por un ligero temblor que le recorría el cuerpo.

    Simona le asestó un gran golpe en el cráneo con la base del cáliz, sacudiéndolo y acabando de atontarlo. Luego volvió a mamársela, lo que le produjo siniestros estertores. Habiéndolo llevado al colmo de la excitación de los sentidos, lo movió fuertemente, ayudada, por nosotros, y dijo con un tono que no admitía réplica:

    - Ahora, a ¡ A mear !

    Se desnudó ante él y yo la masturbaba, mientras.... la mirada de Sir Edmond, fija, con dureza en los ojos imbecilizados del joven sacerdote, produjo el resultado esperado; Don Aminado llenó ruidosamente con su orina el cáliz que Simona sostenía bajo su gruesa verga.

    - Y ahora, ¡ Bebe !, exigió Sir Edmond.

    El miserable bebió con éxtasis inmundo un solo trago goloso.

    Historia del ojo ( 1928 ).
    Georges Bataille *

    La primera edición lanzó 134 ejemplares con litografías de André Masson. Bajo el pseudónimo de Lord Auch (Literalmente Señor a la mierda).



    * Georges Bataille.

    (10 de Septiembre 1897- 9 de Julio 1962)

    Seminarista católico (ex), escritor, pensador, antropólogo francés. Rechazó el calificativo de filósofo.

    Habitualmente comparaba las iglesias parisinas con burdeles donde se ora y fornica en silencio. No hay nada como la telúrica tentación de romper vidrieras y desgarrar al incandescente pábulo de la carnalidad.

    La mayoría de sus obras están publicadas bajo pseudónimos y, en vida, la inmensa mayoría de su obra fue censurada y perseguida.

    Sartre lo repudió.

    Fue al morir y rescatado parte de su legado (fue ilustrador, escritor, ensayista sobre temas que abarcaban desde el misticismo, la religión, el erotismo, la economía, las artes y la filosofía) cuando su obra empezó a considerarse y prestárle cuando menos la alegórica y retórica permisividad de su aguda contraréplica. Influyo entre otros a Foucault, Derrida, Sartwell.

    Bataille colaboró con numerosas revistas transgresoras y contracorriente de la época. Y su surrealismo profundo y emocionalmente sólo comparable a Buñuel y Dalí, otorga después de décadas un misterioso y envolvente tributo a hechos y realidades que destapan la vergüenzas y las realidades tanto de la Iglesia, el sexo, la economía o la política imperialista de la madre de todas las patrias.

    ¿Visionario?

    A todos los locos los tachan de ilusos.

    Ladran, luego....

  2. #2
    carallo loco
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    La Historia del Ojo de Bataille está publicada en la colección La Sonrisa Vertical

  3. #3
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    Cita Iniciado por carallo loco Ver mensaje
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    Al igual que el anónimo "Grushenka"...que le pone a uno perriííísimo.
    La emoción es mi debilidad...http://www.youtube.com/watch?v=goDET8EFMcU

  4. #4
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    No amo lo suficiente a Onni, pero sí lo bastante como amarme a mí mismo en el reflejo de sus sentimientos...., por un rato al menos.

    ¿Y por qué no un poco de sexo ahora, para borrar la caprichosa ventolera de las chicas..., y demostrarnos nuestra fortaleza y libertad? Ahora...., al terminar el día... Estamos dando vueltas por el Sestiere Santa Croce. Una sombra de dolor, un dolor residual y constante, traspasa la noche, ¿no? Podemos alcanzar un grado satisfactorio de insensibilidad, pero el dolor reaparecerá. Y durante un rato, durante un poco más, volveremos a experimentarlo.

    Vagamente, como animándome, Onni dice:

    -¡Sigamos, sigamos, sigamos un poco.....!

    Vuelve hacia mí su rostro; no necesita sonreír para mostrar afecto. En el Campo San Polo, entre las farolas y los cafés, me pasa el brazo por los hombros mientras caminamos. Esa cosa hostil que es el amor, la infelicidad misteriosamente inconsciente que entierra...., ¿qué sentido tiene? Soy, en conjunto, el menos desdichado, el más flacucho de los dos, el que no para de reír en la noche. Y él se ríe también, arrastrado por mi extravagancia. Ya entonces comprendí que la escena tenía una belleza tal, que habría sido necio abusar o hablar de ella demasiado a menudo.

    Onni, se siente intrigado por mí, y la fuerza de su muda pregunta se estrella en mí. Su deseo sexual. Bien.... permítanme mostrarme explícito, explicarlo sin rodeos.... Yo no tengo ningún deseo de que nadie me adore, se burle o se ría de mí, o me haga objeto de un afán de venganza o justicia. Sólo en media docena de ocasiones, tal vez, pude sufrir que me tocara o accedí a representar simplemente un papel en los dramas sexuales de otros: de una chica, de una mujer.... Necesito también que sea mi propio dama sexual... ¿Comprenden lo que quiero decir? Soy bastante torpe.

    Como ahora, por ejemplo. Estamos en una calle mal iluminada... me desabrocha el pantalón y tira hacia abajo de mis calzoncillos. La cosa me aburre, pero le sigo la corriente.... En realidad estoy mejor dotado sexualmente que él, que en gran parte sólo está embromándome, fingiendo forzar mi desgana y aprovechándose, por supuesto, de mi susceptibilidad al halago. Todo esto me agrada, y tiene su belleza. Pero lo rechazo diciendo:

    -¡ No seas estúpido !

    -Muy bien -responde-. Pues lo dejamos...., si quieres.

    Pero no lo deja. Y al instante siguiente estamos masturbándonos simplemente los dos.... En cierto modo, confuso, lo he querido yo.

    Se hace una paja y eyacula enseguida. Salvo un brevísimo instante en que pierde el mundo de vista, no deja de mirarme mientras se corre. Y eso es algo muy especial: sentir como lo anega la oleada de placer y sigue atento a mí, a pesar de todo. Tiene mucho mérito. Pero no me agrada recordar todas las idas y venidas de los sentimientos y la leve amargura que deja en mí su tramposo dominio..., y la sensación de aislamiento.... Eran demasiadas emociones.....y, aun así, insuficientes. Ver que la simple idea de dos amigos, o del amante y el amado, se vierte en personajes reales, en nostros, me parte el corazón y me sorprende y me hace reír amargamente, al tiempo que exalta a mi ego.... hasta el punto de que, en la confusión que todo aquello me produce, ni siquiera soy capaz de pensar.

    Siento, sí, una cierta vergüenza, pero que no cala profundamente en mí. El acto, en su realidad física, era de una complejidad grotesca. Onni no sabía hacer las cosas de una forma simple. No se movía por un impulso físico determinante, y mi tedio no es tan grande que pueda complacerme mostrándose tan sofisticado. Por eso no quería que él se masturbara, me sedujera o hiciera conmigo cualquier otra cosa. En mi interior me refrenaba, gritándome a mí mismo: "¡ No !"

    Pero aguanto, no insisto. No me hago el puritano...., ni pierdo el control... No lo rechazo. Mi confusión y la subsiguiente resistencia física, y luego pscicológica -o la agitación que suscita en mí-, lo provocan y lo animan.... Desconozco sus deseos íntimos, aunque supongo que puedo adivinarlos.

    Y entonces mueve con rapidez sus manos; una para agarrar mi polla mientras se endurece, en tanto que con la otra me alisa el pelo por encima de la oreja. Ante los dos se abre un corredor de posibilidades, lleno de puertas que dan acceso a una transgresión mutua que es nueva para mí, pero no para él: celos, dádivas, chantajes presionando en nuestras respectivas miradas.... ¡Yo no quiero eso! La resonante y hueca caracola marina..., esa especie de absurdo teléfono que promete la sabiduría de un sexo más real, en el que puede oírse un rumor de esferas en conjunción con la aguda vibración luminosa de las partículas más diminutas del yo.... El mundo que se precipita y gira en cada metamorfosis... Yo soy esa caracola... Tengo poder, y carezco de todo poder... No me fío de su generosidad tanto como para mostrar otra actitud distinta de una impavidez íntima, cansada....

    Ni soy lo bastante fuerte o cruel como para darle un bofetón... o alardear.... Creo saber como puedo hacerle sentir un amor más fuerte, más desdichado, que lo aprisione más. Pero no es un deseo prioritario en mí, ni una ensoñación que me ilusione.... Soy joven y curioso, sin más... y estoy de pie sobre mis dos piernas junto al muro sin ventanas de esta concreta calle, sintiendo un ligero temblor en mi cuerpo como si estuviera aquejado de una curiosa calentura sexual.... Me retraigo.

    En el acto, titutebeo cuando estoy a punto de correrme. Mis piernas se ponen rígidas, tiemblan y se envaran aun más. Tengo los ojos muy abiertos, perversamente despiertos a la noche: puedo ver los gránulos de oscuridad, ver mi temor, ver entre las sombras de mi resistencia. Mi retraimiento al amor. Se a agudizado mi oído. No estoy totalmente inmerso en el acto: estoy en el mundo, puedo oír los murmullos del aire.

    Y entonces me sobresalta un ligero desmayo, me sobresalta mi debilidad; me he dejado ganar por el acto.... , me he dejado vencer por el acto momentáneamente.

    Pero me sobrepongo y exagero mi orgasmo para que él pueda verlo, sentirlo.... Satisfago su deseo de ver y de saber. Puedo aceptarlo, puedo darle pábulo. Permitirle que observe ese instante mío en que todos los músculos se relajan. El jamás aparece tan vulnerable, tan vacío, tan ausente.... ni siquiera cuando está dormido.

    Onni, es valioso, útil para el mundo, pero no tiene el don de la felicidad, mi pulso acelerado, o mi alma, bate con fuerza, brinca, se desploma en el instante en que se produce una especie de desbordamiento urinoso blanquecino y caliente.

    Exclamo mientras me corro:

    -¡Esto sí es una meada de macho!


    Amistad profana. Harold Brodkey.

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